Final de campaña

La singular peripecia por la que ha atravesado La Republica en los últimos días nos ha dejado ausentes del tramo final de una campaña cívica en la que, desde su inicio, asumimos un activo compromiso.

Pocos datos esenciales han cambiado en los últimos días. Más bien se han fortalecido tendencias que ya estaban nítidamente perfiladas desde el inicio.

Aunque sin alcanzar el fervor de la campaña por el voto verde, el clima de interés y participación ciudadana creció de manera ininterrumpida en las últimas semanas. Al mismo tiempo, decreció el número de las indefiniciones y cambió la naturaleza de las dudas: aunque pueda subsistir tal o cual interrogante sobre algunos aspectos de la ley, el curso del debate ha dado elementos de juicio a la ciudadanía para pronunciarse sin hesitaciones.

La «contribución» de Lacalle y Sanguinetti a la pérdida de votos en favor de la ley habrá de ser, sin duda, tema de reflexión de las respectivas conducciones partidarias.

Como es obvio, en el momento que se escriben estas líneas no hay condiciones para aportar reflexiones para un balance de resultados. De todos modos, resultan significativos los sondeos de opinión. Sobre todo en un cuadro de referencias en el que los partidarios de la ley han contado con el triple de presencia publicitaria en los medios concentrados del oligopolio, con relación al «Sí» de la papeleta rosada.

Esta capacidad de sobreponerse a una embestida publicitaria es un dato importante, que habla de la creciente capacidad de análisis e independencia de criterio que tiende a exhibir el elector uruguayo.

Habla también de la hondura y la extensión del malestar con el Uruguay oficial, enervado, inmovilista, representado por el gobierno y también por los reproductores oficiales de los boletines del poder; nos referimos a las familias que controlan la TV abierta, la por abonados y buena parte de las emisoras y periódicos que circulan en el país.

Cualquiera sea el resultado final que arrojen las urnas, la experiencia política que culmina el domingo, y sobre la cual pesarán las inhibiciones de la veda a partir del jueves, será sin duda altamente positiva.

El esfuerzo cívico de oposición a la ley se hizo desde el llano, desde ese Uruguay no oficial, no estatal, «que sufre y lucha en las calles», como diría Herrera. El Uruguay desde el llano, mal visto desde el poder mediático, obstaculizado por la mayoría de la Corte Electoral, se abrió paso con la razón, la tenacidad y la paciencia.

La militancia logró abrir un debate que inicialmente, desde arriba, se quería acallar. Después, cuando las firmas alcanzaron las casi 700 mil, ahí vino, para los defensores de la Ley 17.448, «la hora de los lloros y el crujir de dientes». Se lamentaron de «no haber dado la polémica antes», mientras se recogían las firmas.

Los intereses conservadores que defienden la ley apostaron a la apatía, a la anomia, a la modorra ciudadana. Por eso durante todo el 2002 y principios del 2003 no se cuidaron de responder a las denuncias y proclamas de los opositores: la idea era aislar la campaña con el silencio, con el ninguneo.

El movimiento contra la ley consiguió un primer avance rápido en la recolección de firmas. Después vivió un período de avance lento. Y pareció que no se alcanzaba el número requerido. De todos modos, ya en los primeros meses había cien o doscientas mil voluntades reclamando la consulta popular. No merecían el altivo tratamiento que desde el poder daba «la callada por respuesta».

El Directorio de Ancap, el gobierno y los líderes de los partidos tradicionales apuestan a que la mayoría de la ciudadanía crea que los combustibles bajarán de precio si la celeste gana, que Ancap tomará fuerza y resplandecerá más fulgente la llama que corona sus chimeneas. Apuestan a eso. A que la gente les crea.

Ya no hay que esperar demasiado. En la noche del domingo sabremos cuánto pueblo respalda a quienes defienden la ley. Será un dato cuya significación excede largamente la instancia del referéndum. *

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