¡Pica!

El fin de su segundo mandato presidencial no fue el más propicio.

El personaje, que había transitado el quinquenio con un ojo puesto en el quehacer internacional, terminó haciendo el gran papelón frente a quienes, en solidaridad con el poeta Gelman y su familia, le habían pedido apoyo para el reencuentro de una niña secuestrada en Uruguay.

Adiestrado en la negativa distante y la arrogancia del poder, Sanguinetti permaneció fiel a sus compromisos con los centuriones del Plan Cóndor y no lo conmovieron ni los testimonios de testigos ni los ruegos de los escritores, los músicos y los Premio Nobel.

Pero con la máscara de los cruzados de derecha no es fácil transitar en el mundo de hoy.

Sobre todos si se lo quiere hacer en el mundo del saber, del arte y de la cultura.

Es así que, lentamente, confiando en la desmemoria del mundo, Sanguinetti ha iniciado una suerte de «limpieza de fachada» que lo devuelva a las soleadas avenidas del comadreo internacional.

Ayer, en una nota de El País de Madrid, derrama unos litros de agüita con azúcar sobre temas banales.

Y al pasar, el gran perseguidor, el dirigente que fue, hace apenas unas semanas, a montar en Canelones el clima de intolerancia y exclusión contra las fuerzas progresistas, se despacha con una enumeración en la que hace gala de su tolerancia, su amplitud de espíritu, su cordial aceptación de todas las ideologías.

Y aparece otra cara, sin la sonrisa tetánica con que nos castiga a los uruguayos y en ella, junto a la Biblia, el Corán, el Talmud, Kant y Tocqueville, aparece, como un inspirador más de humanidad, El Capital, de don Carlos Marx.

¡Pica al intolerante debajo de la máscara de pluralista!

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