Declaraciones de Ramela: un obituario prematuro
En una entrevista concedida a Búsqueda, que el semanario caracteriza como un mea culpa, el doctor Carlos Ramela, un político perteneciente al actual círculo de poder, entona un verdadero réquiem por la actual administración.
El hombre, al que la revista califica como un escudero de Batlle, se extiende en confidencias tales que el Presidente bien podría decir, si en eso creyera, «Â¡Señor líbrame de mis amigos que de mis enemigos me defiendo solo!»
Observando la realidad del gobierno y del país desde el ojo de la cerradura del entorno presidencial, Ramela no ve más allá de lo que ese vecindario inmediato le muestra: las exigencias del Foro Batllista, las del Partido Nacional que, según él cree, tiene una conducta errática y demagógica, la pérdida de credibilidad y hasta de autoestima por parte del Presidente y las dificultades para acordar con las fuerzas políticas de la oposición. La realidad política se reduce a las apreciaciones casi íntimas de un círculo cerrado que parece estar de espaldas al país y sólo atento a la evolución de las relaciones entre los dirigentes de las cúpulas partidarias.
De todos modos, el cuadro final del testimonio de Carlos Ramela sobre el gobierno resulta patético, a tal punto que termina resultando desconcertante.
Según la homilía profana de Ramela, el Presidente –que pretendía que el Encuentro Progresista acompañara determinadas iniciativas– era una especie de muñeco al que lo tironeaban de todos lados: unos de un brazo lo llevaban para acá: otros lo agarraban del otro y lo llevaban para allá y él se movía con una pierna en cada lado.
Fruto sobre todo de las resistencias de sus aliados blancos y del Foro Batllista, el Presidente tuvo que abandonar su estilo y ha fracasado rotundamente. Para el escudero parece no existir el año y medio de gestión que la Constitución aún le concede al mandatario. Para él ya está todo el pescado vendido: «El gobierno, que tenía un discurso muy claro, de transparencia y de ataque de injusticias y privilegios y de situaciones que no se pueden seguir soportando, las tuvo que seguir bancando, porque había que aceptar, aceptar y aceptar.»
Tanto Sanguinetti como Lacalle pusieron trabas al diálogo con la izquierda. Señaló cómo «en torno a la integración de los organismos de contralor del Estado era algo evidente que la izquierda reclamaba con razón, ¡si tenían el 44% de los votos! Batlle estaba dispuesto a acceder a esa demanda pero ni Lacalle ni Sanguinetti aceptaron», dice Ramela. Y agrega: «Tanto blancos como colorados se negaron terminantemente a sacrificar (sic) un miembro propio para entregárselo al Encuentro Progresista».
Desde la amargura provocada por lo que ha visto en las cimas, su testimonio trasunta un desaliento inequívoco.
El asesor del Presidente objeta la política local: «El día que se vota una ley se pide un consulado», reconoce. «Entonces, de qué país moderno me están hablando si siguen con los viejos vicios de toda la vida».
Durante el año 2002, en medio de la crisis bancaria, y después de la pifia con la agencia de televisión Bloombreg, donde declaró que los argentinos eran todos ladrones, «en el sistema político primó la demagogia y la situación llegó a extremos inaceptables». Frente a las presiones de sus socios de la coalición, «el Presidente optó siempre por aguantar y por el silencio».
Más allá de otras apreciaciones contenidas en la confesión de Ramela, lo que no aparece es el aludido mea culpa.
En su testimonio no aparece ningún reconocimiento acerca de los errores llevados adelante por este gobierno, todo es responsabilidad de los otros. O de la mala suerte o de la pérdida de autoestima por parte del Presidente.
Resulta comprensible entonces que el declarante se muestre escéptico con lo que la administración podrá hacer en lo que le resta del mandato.
Y, mientras tanto, con el país, ¿qué va a pasar?
¿Será que esta situación soporta un año y medio más con una conducción descrita en los términos que lo hacen sus más fieles defensores? *
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