Confío en la Iglesia Católica

Hace pocos días, algunas afirmaciones del arzobispo de Montevideo, monseñor Nicolás Cotugno, sacudieron a nuestra sociedad y despertaron respuestas, reacciones y opiniones variadas que tomaron estado público.

Lo primero que debo establecer es que no me considero autorizado a cuestionar decisiones de ninguna institución ni opiniones de sus representantes –que merecen el mayor de mis respetos– y que lo que me anima a escribir esta nota responde únicamente a la intención de avanzar en libertades, tolerancia y comprensión, si es que de eso se trata.

No poseo conocimientos profundos, no me especializo en cuestiones de fe, de teología y tampoco en medicina ni historia universal. Soy, apenas, un ciudadano preocupado por los Derechos Humanos –por convicción y por necesidad, puesto que integro la Comisión Asesora en la materia de la Cámara de Representantes– que procura aportar algunas reflexiones con el objetivo de contribuir a lograr una mejor calidad de vida para los compatriotas y, si fuese posible, para la humanidad toda.

La calidad de vida tiene que ver también con el respeto, la comprensión y la fraternidad, entre otros valores, ya que sabido es que no sólo de pan vive el ser humano.

Digo que confío en la Iglesia y es así, lo que no significa que me sienta identificado plenamente o inhabilitado para disentir con ella.

Confío en que esa institución que ha logrado mantenerse a través de los siglos será capaz de continuar avanzando hacia el amor y la justicia, como efectivamente lo ha hecho puesto que esta Iglesia no es –a la simpleza de mi entendimiento– la misma que atravesó los tiempos de la Inquisición.

Quede claramente establecido que no ingreso en el tema de la continuidad histórica ni en cuestiones de fe. Me estoy refiriendo a esa Iglesia que a través del Papa ha solicitado, humildemente, perdón a los judíos y ha desterrado prácticas que hoy catalogamos como aberrantes.

Del seno de la Iglesia, a través de los tiempos, surgieron mujeres y hombres ejemplares y hoy mismo me regocijo con la amistad de excelentes hermanos.

Pero, así como no estoy libre de pecado para arrojar ninguna piedra, y reitero que no es mi intención, tampoco lo están todos y cada uno de los integrantes de la institución.

Del mismo modo que, pese a mi falta de conocimientos suficientes, opino que la homosexualidad no es una enfermedad, debo seria y prudentemente analizar si el abuso sexual del que son acusados algunos miembros –y no todos, y ni siquiera la mayoría– de la Iglesia responde a casos de enfermedad, o es insano o inconveniente.

No me parece para nada bien y supongo que deberá corregirse, por los derechos de las presuntas víctimas en primer lugar, pero también por los infractores o perversos y por la propia institución.

No lo sé y no tengo recetas; mi corta experiencia en los temas carcelarios me predispone en contra de recurrir al «aislamiento» como condición para curar o sanar siquiera. No me parece aconsejable entonces para encarar esta otra temática.

Creo que deberíamos estar, todos, más abiertos a opiniones y consejos. Hay gente que puede aportar mucho y eso nos beneficiará a todos.

No me animo a catalogar –y menos aun genéricamente– si el violador es «peor» que el homicida; son tipificaciones diferentes y ambas están sancionadas de acuerdo con la ley, pero la ley de los hombres no ha sido siempre la misma. Las sociedades van cambiando y con ellas cambian también las leyes. Me atrevería a decir que evolucionando positivamente, y creo que también la Iglesia va recorriendo ese camino, aunque tal vez lo haga más lentamente.

Hoy existe una Iglesia que pretende ser «peregrina» y «de Dios» y que ya no utiliza, al menos no con frecuencia suficiente como para que llegue a mi conocimiento, las tristemente célebres «anatema» o «herejía».

Por cierto que estos vocablos ya no generan el terror que helaba la sangre y podemos pronunciarlas sin correr mayores riesgos en cualquier aeropuerto del mundo.

Confío en esta última Iglesia y en sus miembros, que se encargan más de fomentar que de prohibir. Iglesia que se parece más al «Flaco» que aquella del Siglo XIII. Que se muestra más próxima y solidaria con los necesitados, con los que sufren; que se embarra y se juega con ellos. Que asume las diversidades. Que comparte alegrías y dolores.

Que está dispuesta a debatir, libre de prejuicios y más allá de sus posicionamientos, temas tales como la despenalización del aborto, la eutanasia o si es válido mantener y disfrutar relaciones sexuales, aún si tienen lugar fuera del matrimonio, o cuando no se intente procrear.

Ni todos somos iguales, ni todo está definitivamente resuelto. Precisamente, éstas son razones de más para intentar vivir la vida con amor, con alegría. Entendiendo las diferencias para poder respetarlas realmente. Buscando la perfección, como nos aconsejó Jesús.

La intención es ayudar a ubicar la lámpara sobre la mesa y no debajo de la misma.

Es transitar el camino de la verdad, que conduce a la libertad, pero es también amar al prójimo como a nosotros mismos; difícil, ciertamente, pero por alguna razón se nos habrá pedido. *

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