País productivo y solidario
El 13 de enero de 1999 se produjo la devaluación brasileña y nuestro país perdió uno de los principales mercados donde colocaba gran parte de su producción: arroz, lácteos, pescado…
Posteriormente, ese hecho se tomó como una de las causas de la crisis uruguaya. Lo que no se dice es que Brasil, con esa medida, reafirmó su política productiva en detrimento de la especulación financiera. Y estamos hablando del Brasil de Fernando Enrique Cardozo, no del Brasil de Lula.
En realidad, no se trató solamente de la devaluación, sino de un conjunto de medidas que incluía, entre otras, dejar sin efecto la financiación, con dólares del Estado, a las importaciones brasileñas. Desde el 13 de enero en adelante el que quisiera importar productos del exterior, tendría que hacerlo con dólares propios: dejaría de recibir dólares del Estado, que devolvería después de recibir y vender los productos importados.
Esto parece menor: no lo es. En Brasil, en ese momento, había dos tipos de cambios: el oficial y el del mercado al que no me animo a decirle negro. El dólar del cambio oficial era mucho más barato; el del mercado, en cambio, era bastante más caro. Y esa realidad se prestaba, obviamente, para realizar negocios financieros, más que comerciales. Los importadores podían recibir dólares del Estado, comprar productos sobrefacturados en el exterior –o podían comprar dos calidades distintas, facturando al precio de la mejor–, hacer una diferencia entre los dólares recibidos y los realmente gastados, y luego cambiar en el mercado los dólares excedentes, a un precio mayor, y devolviendo al cambio oficial el total de dólares baratos recibidos.
Este negocio, por una parte, conspiraba contra la producción brasileña y, por otra parte, necesitaba socios, cómplices o como se le quiera decir, en el exterior. La devaluación brasileña, «culpable de nuestra crisis», fue sobre todas las cosas una apuesta a las políticas productivas y a ordenar la casa: a impedir que la especulación financiera predominara sobre la producción.
Y por casa…
Uruguay, después del sacudón del 13 de enero, pudo optar entre seguir la política brasileña o seguir la política argentina. Pudo optar entre la devaluación y apostar a la producción, y entre el atraso cambiario reñido con la producción, el desarrollo del mercado interno y la exportación de nuestros productos. Optó por esta última, terminó con muchas de las exportaciones que se hacían hacia Brasil –las genuinas y las que eran resultado del negocio financiero del norte– y mantuvo, y hasta aumentó, las que se hacían hacia la Argentina. Uruguay eligió esto, después se desbarrancó Argentina y nuestro superior gobierno quedó colgado del pincel. Pero después no se puede culpar a Brasil de las opciones que el gobierno uruguayo, a la espera de mejores condiciones internacionales, hizo en el momento de asumir su gestión. No se puede culpar a nadie de las opciones que mantuvo cuando la situación internacional, en lugar de mejorar, empeoró enormemente.
Esto viene a cuento por varias cosas: a cuento de las políticas productivas y de las políticas integradoras, a cuento del Mercosur que tuvimos y a cuento del Mercosur que queremos. Pero, sobre todo, viene a cuento de que la verdadera integración empieza por los acuerdos políticos, sigue por los acuerdos económicos y productivos, necesita de la integración social y cultural, y requiere políticas monetarias y cambiarias funcionales al proceso integrador.
No es posible una integración real sin un sistema financiero funcional al desarrollo productivo. En cambio, desde nuestro país, la integración es imposible si el sistema financiero se dedica a financiar todas las trampas posibles a las políticas integradoras. Con el EP-FA en la oposición se habla, sobre todas las cosas, de los acuerdos políticos. Si el EP-FA llega al gobierno, la cosa va a cambiar. No sólo para el Uruguay productivo y solidario se va a necesitar otro sistema financiero y otra política cambiaria, sino que los socios del Mercosur, especialmente Argentina y Brasil, van a plantear que el secreto bancario, la banca off shore, el gran contrabando legalizado, son impedimentos graves para emprender una integración real.
Quizá haya que empezar a hablar desde el Uruguay real, desde el modelo que tenemos y no desde el que, desde la derecha y desde la tecnocracia de izquierda, nos dicen que tenemos.
Desde el Uruguay que alienta o desalienta en las calles y en la tierra: el que inventan los que todos los días tienen que sobrevivir y recurren a lo que tienen delante, los que se inventan un empleo o tratan de reabrir industrias cerradas, los que tratan de sustituir a las importaciones que sustituyeron a la industria de sustitución de importaciones, los que buscan negocios desde la tierra o los que todavía no renunciaron a la explotación de la tierra para vivir.
Los neoliberales, en particular los liberales en economía, pregonan el irreal del mercado perfecto donde todos tienen igual información, igual poder de oferta y demanda, iguales oportunidades. Como eso no existe ni existió nunca, lo utilizan para justificar la acción y el beneficio de los que han concentrado la riqueza. En definitiva, los neoliberales pregonan un país que no existe con una economía que no existe; desde esa perspectiva es imposible construir nada bueno para el país que existe con la economía que éste tiene.
Existe un Uruguay que no entienden los neoliberales ni los tecnócratas de izquierda, porque ellos hablan de un modelo ideal, que no siempre refleja la realidad de los que hacen tantas y tantas cosas para sobrevivir: como persona, como trabajador, como empresa. Hay que empezar a hablar de ese Uruguay que realmente existe: hay que elaborar políticas desde ese Uruguay y para ese Uruguay. Porque ese Uruguay es el que nos interpela y nos reclama soluciones o, por los menos, nos reclama las soluciones más urgentes: trabajo, producción y aumento del salario sumergido.
La izquierda uruguaya tiene ese gran desafío por delante y no puede defraudar a los que esperan algo de ella. *
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