Deuda externa: el nuevo tributo imperial
La primera gran rebelión impositiva exitosa fue la revolución norteamericana, que culminara con la independencia de las colonias británicas en 1776. Los colonos se consideraban parte de la nación inglesa. El parlamento británico aumentó los impuestos al comercio entre Londres y las colonias, impuestos que fueron considerados una traba al comercio interno, a su incipiente industria, y considerados un despojo.
Productos de imprescindible necesidad para el desarrollo industrial interno fueron gravados para satisfacer los déficit del tesoro metropolitano, la famosa Ley de Timbres de 1765, gravó plomo, té, pinturas, papel, etc. Con lo que se generaba una discriminación sobre los ciudadanos americanos respecto a los ingleses, dificultando sus actividades comerciales.
Los angloamericanos respondieron negándose a pagar dichos impuestos y a comerciar con la metrópoli que los expoliaba, dejándoles de comprar todos sus productos. Los hijos de esos angloamericanos no se volvieron a Europa. Se quedaron para luchar y construir un país. Pero para ello debieron enfrentarse al imperio. Inglaterra les empujó a una cruel guerra civil que duró siete largos años, pero lograron ser respetados como pueblo independiente.
Hoy los americanos del sur nos encontramos en peores circunstancias que los colonos norteamericanos. Nuestras repúblicas desvirtuadas por décadas de servilismo político y prepotencia militar. Nuestra existencia política es puramente nominal. Por una ingeniosa elaboración ideológica, el tributo imperial cambió de nombre, hoy se denomina «deuda externa». Los gobernantes deshonran su naturaleza, empobreciendo a los ciudadanos para «honrar la deuda». Y expulsan irresponsablemente a sus ciudadanos del territorio. Hoy las administraciones están sólo para recaudar impuestos para el servicio exterior del endeudamiento. Han caído en el círculo infernal de la usura, tomando dineros a mediano y largo plazo a tasas de interés inverosímiles, que luego se trasladan internamente, ahogando al comercio y la industria.
Fabrican «excedentes» gracias al hambre y la privación de la población. ¡Exportamos «faltantes», no excedentes de producción! Para que una producción arruinada, con menos ganado, menos sembradíos, genere excedentes exportables, hay que impedir que la gente consuma por medio de la reducción salarial, los impuestos, la inflación y las artimañas cambiarias.
Sí, exportamos naftas eco a $4,5, por no distribuir los impuestos en un mayor número de litros de nafta, apoyando a la industria y el comercio. Por lo que queda claro que lo que importa no es recaudar, sino ¡impedir su uso interno!
¿Esto es gobierno nacional? ¡No! Es una simple satrapía recaudadora. La satrapía burocrática, como un verdadero estado parasitario, como un mal colonizador y peor administrador, extrae sus recursos de las bases de subsistencia de la población. Grava alimentos, medicamentos, transporte e insumos industriales.
Tranca las comunicaciones con peajes, encarece las tarifas telefónicas internas para subsidiar las externas, obstruyendo el comercio y las comunicaciones entre los ciudadanos. Desvirtúa la inversión pública, cediendo las instalaciones públicas a empresas parasitarias que no vienen a invertir sino a usufructuar, como el caso de Uragua. Idea que se reitera en concesiones de carreteras, infraestructuras férreas o de tendido eléctrico, puertos, aeropuertos.
1¡Y todo para mantener una costosa burocracia que no rinde cuentas de sus gastos! Un servicio exterior fatuo y despilfarrador. Tenemos un ejército desproporcionado: Estados Unidos tiene seis soldados cada mil habitantes; Uruguay, diez. Como los uruguayos no le damos guerra, «desocupado se alquila», para abatir el presupuesto de la ONU, ya que un soldado europeo o yanqui es más caro que un general uruguayo. Una plaza financiera organizada como un «gran agujero negro» en el mapa sudamericano por el que se fueron las riquezas propias y de los vecinos. Postrados en la miseria más vergonzante, gobernados por una casta de ensoberbecidos mendigos .¿Podemos pedirle a la juventud patriotismo? ¿Es posible decirle a nuestra gente, quédense?
¿Quién se para, planta bandera y, como Herrera, les grita: «Â¡Nosotros no dialogamos con la podredumbre!»?
Los orientales hoy huyen de la miseria programada, del robo impune, del crimen sin castigo, y de la asfixiante podredumbre. Como verdaderos hijos de Lot, escapan de lo que parece ser furia de Dios.
¡Es que para salvarse, no hay que mirar hacia atrás! *
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