El viaje hacia el mar

A veces uno se siente reconfortado e identificado con algo que pasa en la escena o en la pantalla. Eso me ocurrió el domingo anterior, cuando fui a ver  igual que cinco mil setecientos compatriotas más  la película uruguaya que lleva el título de esta nota.

Es la uruguayez total. Uno se remueve en la butaca, frota la espalda contra el respaldo, aprieta los posabrazos y se siente bien; se siente retratado, regocijado con los paisajes, los personajes, las situaciones, las expresiones, los prejuicios, tan nuestros. Hasta un ómnibus de la ONDA, fíjese.

No es la primera vez que el cine recoge un cuento de Juan José Morosoli, ese minuano excepcional, que  pese a su escasa formación, ya que no completó la escuela primaria  recogió, en narraciones breves, las experiencias, conversaciones y anécdotas que comentaban en su comercio los parroquianos y que él supo interpretar en su valor humano y dramático.

En efecto, hace unos años descubrí, de casualidad, en una tienda de video, una película realizada por un equipo italiano que se trasladó hasta Lavalleja para ambientar «Los albañiles de los Tapes», creo que con el título de «Vientos del Sur». Como usted sabe, yo no soy especialista en estos asuntos. Pero considero un desperdicio que esa maravilla haya pasado inadvertida para usted y para mí, que somos la mayoría. ¿Sabe por qué? Porque es bueno que uno se sienta identificado  aunque sea de vez en cuando  con un espectáculo que se brinda en la pantalla. Sobre todo hoy día, que estamos tan atosigados de películas que nos hablan de cosas irreales, ficticias, tramposas, o que, en el mejor de los casos, plantean dramas ajenos a nuestra cotidianeidad.

Bueno: pero hoy tenemos a nuestra disposición esta otra joyita, hecha especialmente para nosotros. Sí, porque es tan uruguaya que, creo modestamente, no logrará gancho nada más que cruce el Río de la Plata o la cuchilla de Santa Ana. Y ojalá me equivoque. ¡Hay que ver, amigo, lo refrescante que resulta sentirse impulsado a aplaudir en la oscuridad de la sala, junto a los demás espectadores, cuando nos anuncian que terminó el espectáculo, mientras deseamos que aquello hubiera durado media hora más!

Son cosas como ésta las que necesitamos para reencauzarnos en la identificación de nosotros mismos, tan enajenados por la crisis y sus consecuencias de misiadura, desocupación, emigración; desestructuración de la sociedad, en suma.

Pero ojo: que esta propuesta no apela a Maracaná  que ya está muy distante  ni a la creación de una réplica del Silicon Valley. No nos invita a dar saltos al vacío de las macroconcesiones y las privatizaciones encubiertas para emerger de ellas pletóricos de riquezas. No. Simplemente nos muestra gente como usted y como yo  en su estructura racional y pasional  muy humildes, quizás más que usted o yo, que discurren por un domingo, viajando en la caja de un camión, cruzando la Sierra de las Animas, para conocer el mar.

Y nos transforman en sus cómplices. *

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