Colapso eléctrico en EEUU: ¡vivan las privatizaciones!

Sobre el episodio que dejó sin energía eléctrica a unos cincuenta millones de norteamericanos vale la pena dejar que hablen ellos. Así, por ejemplo, el gobernador de Nuevo México y ex secretario de Energía, Bill Richardson, criticó los servicios eléctricos de Estados Unidos al señalar que «somos una superpotencia con una red eléctrica del tercer mundo».

El funcionario, al igual que otros expertos, señaló que la privatización de la energía eléctrica ha provocado que las empresas se limiten a construir plantas eléctricas, lo que sólo hace crecer un sistema obsoleto e ineficiente.

Por su parte, el circunspecto vespertino francés Le Monde, de posiciones más bien centristas, también ha comentado el apagón en Estados Unidos y Canadá en términos interesantes. Para el periódico, el apagón es lisa y llanamente una consecuencia de las privatizaciones basadas en la búsqueda de ganancia a corto plazo. «(…) El más grande consumidor de energía eléctrica del mundo ha cuidado la existencia de centrales de producción, pero se ha despreocupado por las redes privadas de distribución, que resultan una actividad poco rentable. Y (los inversores privados) tienen poco interés en invertir en una actividad que podría atraer a otros competidores a su área de actividad. Ha prevalecido la búsqueda de los beneficios a cualquier precio, como lo ha demostrado el escándalo de la empresa Enron, o descargando los efectos negativos sobre el público, como ocurrió en California en mayo de 2002″, concluye el editorial del 16 de agosto.

Reflexionando desde el sur de América Latina, también resultan una referencia interesante para el debate algunas apreciaciones formuladas en un editorial de Clarín del sábado 16: «En estos años el Estado se debilitó y desertó del proceso social; en el subdesarrollo de la desprotección social que conocemos en esta latitud, pero también en el descontrol del mundo desarrollado, donde las empresas privadas no invierten lo que deberían ni son vigiladas como deberían serlo y los sistemas públicos de salud colapsan frente a la indiferencia de quienes deben asegurar su eficiencia. Este ha sido el resultado de digerir, sin beneficio de discernimiento, los presuntos inevitables del discurso globalizador, un discurso que se presentó, se presenta, a sí mismo con sobretonos de verdad revelada y, por lo tanto, inapelable. En la soledad de las crisis, cuando éstas se materializan, esas verdades parecen mucho más débiles, sin embargo».

Al debate sobre la privatización de los servicios públicos en materia de electricidad podría agregarse el que con singular potencia viene desarrollándose en Francia ante el inusitado incremento de la ola de calor. La sofocante canícula, como la denominan en aquel país. En ese terreno las críticas formuladas por las asociaciones médicas y los medios de comunicación apuntan a denunciar las consecuencias de la falta de previsión y las consecuencias de la disminución de los gastos de funcionamiento e inversión en materia de salud pública.

El «Estado mínimo» idealizado y puesto en Estado práctico por los gobiernos de derecha europeos (en Francia, con todo, en menor grado que en los demás) está colocando a las modernas sociedades posindustriales en una situación de indefensión frente a las reacciones de una naturaleza atacada despiadadamente desde varios frentes.

El «Estado mínimo» por el que bregan nuestros fanáticos privatizadores ha conducido al colapso sanitario o energético a los países más poderosos del planeta. *

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