A 42 años del muro, otro muro

Un 13 de agosto se erigió un muro. Corría 1961, y la ciudad más popular de Europa y con más habitantes que nuestro Uruguay quedó dividida en Este y Oeste. Se dividieron bajo conocidos intereses históricos. De un lado quedaron revueltas obreras e ideales, pero, sobre todo, seres humanos. Del otro lado quedarían indefectiblemente amigos, parientes, y otra forma de proteccionismo idealizado.

Hoy se levanta otro muro, con otras historias, otros intereses, dividiendo nuevamente gente, razas, religión; dividiendo sueños de tierras deseadas y nunca propias; dividiendo poderes, dejando pobreza y marginalidad.

De un lado quedan los históricos errantes del tiempo, que encontraron apoyo en resoluciones de otros gobernantes de otras tierras, para lograr obtener la suya propia, aquella que nunca tuvieron, aquella que es de todos y es de nadie. Aquella tierra de profetas y de escribas, aquella tierra por donde pasaron otros dioses para otros pueblos. Tierras multiétnicas, y polifacéticas de caminos, que aunque disímiles, no son menos buscadores de la verdad, verdad que nunca llega. Verdad que, aunque escrita, todos traducen a su idioma y a su manera diferente de contar la historia.

Tierra Santa y Sagrada para judíos, cristianos y musulmanes. Tierra Santa para el mundo entero.

Del otro lado del muro, quedan otros errantes, otros colonos, otra religión, y un manto de pobreza ineludible para ojos sinceros que quieran ver y hacerse cargo de que la bronca de algo propio y quitado es tan fuerte como para morir hecho trizas en medio de ojos ajenos y llevándose consigo vidas victimarias y vecinas.

Los encerraron, quitándoles parte de sus bienes materiales y naturales. Les quitaron parte de su agua, de sus minerales, de su sitio religioso, de rezo y de su vida, por qué no decirlo. Ya ni vida matrimonial puede existir entre ambos pueblos porque el dictador Sharon ve en la cruza grandes problemas futuros: medio sangre israelí del otro lado del muro y se le complica. Por si fuera poco termina restringiendo lo más puro que iba quedando: el amor en tiempos de guerra.

Este gran kilometraje de muro, púas y millones, vuelve a dividir, y estamos a más de 40 años del primer muro y del primer mundo. Aquel primer mundo que supo ver las mayores atrocidades racistas, que aunque se viniera manifestando desde siglos, quedó grabado en la memoria y en la historia, con la masacre y el genocidio, de los que hoy (sin haber aprendido algo) eligen repetir la historia al mejor estilo Führer.

Si bien las premisas no son las mismas, el sentido de dividir y, si es necesario, matar, sí es el mismo.

Hoy se divide gente porque así lo decidió el gran Sharon, el gran dictador con genes represivos y racistas, aquel Sharon que entró en un país democrático y socialista, dejándolo en la mejor línea hacia el abismo de facto contra el otro, el más pobre, el más débil.

Dejó del otro lado aquél que alguna vez vivió y luchó por lo mismo que los suyos y con todo derecho, un ESTADO PROPIO.

Dejó del otro lado al que tiene religión diferente, al que lucha por su tierra identificatoria de un principio de civilización y con todo derecho también, que como los suyos bajo el nombre de sionismo, alguna vez luchó en Europa por lo mismo: conseguir el lugar donde hoy viven y gracias a un tratado que les dio algo pero no alcanzaba.

Porque las tierras que no le dio la línea divisoria, la robaron, la quitaron, y destruyeron aquellas que estaban ocupadas y habitadas, marcando así su propia línea sin cumplir las antepuestas en varios tratados.

Este muro deja la terrible sensación de impotencia eterna del más fuerte contra el más débil, y es y seguirá siendo la lucha por el poder, donde de un lado hay ayuda mundial e intereses creados sumado a poderío militar avasallante y despótico, y del otro lado hay bronca y desesperación de haber perdido lo más sagrado: la tierra de la que se vive y alimenta.

Los mismos intereses que crean guerras vuelven a manifestarse, dejando siempre al más desvalido en la ruta hacia la pobreza total. En la ruta conocida y llamada desidia, pobreza y desesperación.

Lamentablemente, los escribas contemporáneos tendrán que volver a limpiar sus plumas para repetir historias.

Quizá aquellos que escribieron la caída del primer muro en el ’89, pronto puedan volver a escribir lo mismo, en este siglo que ya empezó con sangre de odio contra aquél que tiene lo que no tiene el poderío económico norteño, riquezas naturales: agua, minerales, petróleo, etc.

Y tal vez, cuando éstos nuevos dictadores desmemoriados e hiperquinéticos tengan un minuto de descanso genético y lean cada uno su libro sagrado, encuentren que el «no matarás» se ha dejado escrito para claudicar ante él y no matar por aquél que lo dijo. *

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