Los dos batllismos

Nunca será excesivo insistir en la denuncia de la dolorosa realidad social que vivimos, pues, de lo contrario, corremos el riesgo de acostumbrarnos a ella.

No es una tarea grata, ya que –lejos de regodearnos con las penurias que pasan nuestros compatriotas excluidos por el modelo inicuo y perverso– la confirmación de esa realidad trágica conmueve y subleva. Y nos convoca a todos a redoblar esfuerzos para cambiarla.

La muerte de niños por desnutrición, la afluencia masiva a los refugios nocturnos, las colas para recibir algún alimento, la muerte por hipotermia de un cuidacoches y el drama de una madre con sus dos hijos viviendo a la intemperie, son todas situaciones que resultan mucho más elocuentes que las cifras más o menos asépticas que brindan las estadísticas. En esas situaciones concretas toman cuerpo los porcentajes abstractos, se tornan reales y tangibles los números que hablan de exclusión, de infantilización de la pobreza o de cualquier otra expresión tras la cual se esconde la realidad de una sociedad degradada y desgarrada.

Que en un país productor de alimentos, ganadero y agrícola, haya cada vez más gente que pasa hambre es una broma de mal gusto y una burla demasiado sangrienta. Y cuando el régimen permite frívolamente que el precio de los alimentos se rija por la oferta y la demanda, algo está fallando; y si decimos que algo está fallando, no nos referimos solamente a las decisiones tomadas en los gabinetes de los tecnócratas sino principalmente a lo que ocurre en el alma de los gobernantes y de todos aquellos en cuyas manos está la conducción del país.

Este gobierno se llama batllista. Sin embargo, a principios de agosto de 1947, tras la muerte del titular del Ejecutivo, don Tomás Berreta, accedió a la Presidencia Luis Batlle Berres. A poco de asumir, pronunció un discurso del que vale la pena transcribir algunos párrafos para que se tenga una idea de cuán lejos están los batllistas de hoy de las propuestas de entonces, caracterizadas por una preocupación casi obsesiva por el desarrollo industrial y por la justicia social:

«Apresurarse a ser justo es asegurar la tranquilidad; es brindarle al ciudadano los elementos principales y básicos para que tenga la felicidad de vivir y hasta él lleguen los beneficios del progreso y de la riqueza. (…) Al lado de la industria, que crea la clase media, viene el salario bien remunerado del obrero; al lado de la industria viene el capital; al lado de la industria viene toda la organización administrativa también bien paga; al lado de la industria se realiza y se hace toda una riqueza que se reparte entre los trabajadores…»

Resulta patético comprobar hasta qué punto se han tergiversado y traicionado los ideales de neto corte socialdemócrata del neobatllismo de mediados del siglo pasado.

Comparar aquel memorable discurso de Luis Batlle con las propuestas casi indecentes de sus sucesores políticos nos muestra que al autodefinirse como batllistas, los actuales dirigentes colorados han usurpado lisa y llanamente una denominación. *

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