Visiones sobre el gasto público
Una de las mentiras más divulgadas por los gestores económicos de los organismos internacionales, presentados como economistas asépticos y que todavía pululan en los equipos económicos y se ocupan de escribir notas en algunos semanarios o suplementos de la jerga, es la del exceso del gasto público.
Cuando Jorge Batlle llegó al poder hace casi cuatro años y llevó a Alberto Bensión al Ministerio de Economía, la cruzada contra el gasto público fue una de las banderas que presidieron esa marcha neoliberal buscando un Estado más pequeño, en el que todos seríamos felices, con todos los productos del mundo a nuestra disposición.
Luego de todo ese «esfuerzo», que terminó en la mayor crisis de la historia del país, que todavía se mantiene, con el aditamento de un «default» interno que persiste, ese gasto «paquidérmico» se mantiene en los mismos parámetros frente al Producto Bruto Interno (PBI), en alrededor del 31%. Y ello pese a que los funcionarios de Salud Pública ganan promedialmente tres mil pesos, que los docentes y policías tienen también sueldos que los colocan por debajo de la fatídica línea de la pobreza.
En la Argentina, luego de tanto sufrimiento y privatizaciones, el gasto estatal llegó a poco más del 20%, pero con una consecuencia catastrófica: más del 50 % de la población vive por debajo de la línea de la pobreza, cobrando, además, quienes trabajan, los sueldos y jubilaciones más miserables de los últimos 50 años.
El Atila argentino tras el cual se alinearon estos economistas de que hablamos al principio, Domingo Felipe Cavallo, con sus privatizaciones sacó de la propiedad estatal las empresas públicas, que se convirtieron en un pingüe negocio para el capital monopólico que llegó a raudales. Pero no fue con ese proceso que se achicaron las erogaciones del Estado. La reducción se produjo con el achicamiento de la masa salarial de los funcionarios de todo tipo, lo que tuvo como consecuencia, obviamente, la destrucción del mercado interno.
Si comparamos el gasto estatal de Uruguay y Argentina con el de los países desarrollados, conforme a cifras proporcionadas por el Banco Mundial, vemos que Francia llega al 50,90%, es decir que el gasto público representa más de la mitad del PBI. Alemania (45,50%), Noruega (43%), Reino Unido (42,70%), España (40,70%), Canadá (40%) EEUU (36,30%).
Si pasamos a países no desarrollados, el gasto público, ese que permite –si no padece filtraciones– entre otras cosas obtener mejores jubilaciones, salud, educación, seguridad, justicia, también está por encima de éste «estado vegetativo y descerebrado que ha conseguido la prédica y praxis neoliberal», como sostiene el colega argentino Hugo Presman.
Claro que para los Batlle, Bensión, Atchugarry o el funcionario internacional de turno, el gasto público está constituido fundamentalmente por las erogaciones que produce la existencia de los empleados públicos, «siempre excesivos»
Si correlacionamos la cantidad de empleados públicos con el número de habitantes del país, según Naciones Unidas y estadísticas diversas, los porcentajes varían desde Noruega, con 16,70%, a la Argentina, con 4,70%. Entre ambos extremos está EEUU, con 12,10%; Reino Unido, con 11,70%; Francia, con 8,70%; Brasil, con 7,76%; Alemania, con 7,60%; Uruguay, con 6,80%, y España, con 5,70%.
¿Cuál es la conclusión, entonces? Que los neoliberales tardíos que todavía nos gobiernan se están quedando sin argumentos. Solamente algunos desorientados son capaces de seguir sosteniendo la necesidad de reducir aun más la masa salarial con el ortodoxo método de echar de su trabajo a cien mil trabajadores dependientes del Estado. *
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