Perversidades

Pervertir proviene de una voz latina. Significa «trastornar». En psicoanálisis se usa para aludir a las desviaciones de la sexualidad humana. En forma más pedestre lo utilizamos para dar cuenta de las conductas humanas retorcidas que generan un sufrimiento adicional al que ya padecemos. Nos trastornan y están desviadas de lo que sería un vínculo bueno y saludable de convivencia. Abundan actualmente en Uruguay.

Descarto la hipótesis que se trata de un mal genético. Afirmo que en nuestra sociedad ellas se producen, se construyen. Como signo peculiar de «lo perverso» incluyo la pretensión de su «naturalidad», su «inevitabilidad». «Son así y no puede ser de otro modo». Ganan las conciencias de «gente buena», de «gente como uno», y eso es una vuelta más del torno: trastornan. Atraviesan nuestra cotidianeidad. Se avalan, se justifican desde el poder político, desde las prácticas sociales y económicas. Desde los valores que se derivan, por ejemplo, de una cultura «empresarialista». Nótese que no digo «empresaria». Porque toda la conducta social compartida es una empresa. Lo que tenemos en el ruedo no son «empresarios». Son vivos. Y burros que no tienen en cuenta un capital de enorme valía. Se ha teorizado sobre el concepto de «capital social»: la gente convencida a partir de la tensión ética de las acciones buenas. Ese capital social se reproduce a una velocidad asombrosa y es capaz de realizar las empresan más imposibles. A bajísimo costo y con alegría de sus protagonistas.

Se afirma desde todos los ámbitos que estamos en emergencia. Se repite hasta el hartazgo que «hay que hacer un esfuerzo entre todos». Que todos, pobres y ricos, tenemos que poner el hombro. ¿No constituye una perversidad enterarse de repente que para los directores del Nuevo Banco Comercial (resurgido del desastre) se asignaran remuneraciones ofensivas y desproporcionadamente altas? ¿No es una vuelta de tuerca saber que uno de ellos hasta se ofendió y se fue cuando se le «reajustó» el sueldo a 7.000 dólares mensuales? El Presidente de la República cometió la perversidad de señalar el sueldo de un portero público para usar el viejo truco de gritar «al ladrón». Muchos trabajadores, ocupados o no, miran hacia los costados y son ganados por la cruzada de quemar a los infieles que «ganan bien». Los vivos nos gritan: «Hay que igualar para abajo», mientras «ellos» gozan de sueldos gerenciales que ni siquiera se pagan en el primer mundo. Vivos que chupan de la teta del Estado (tan aborrecido él) con contratos de obra donde se repiten siempre los mismos apellidos.

En el campo de la salud privada, por ejemplo, tenemos mutualistas fundidas, saqueadas, por obra de múltiples factores denunciados por los gremios. Hay uno que es perverso: sueldos gerenciales de 4 o 5 mil dólares. Muchos médicos y funcionarios que galguean y otros que cobran cifras siderales. Médicos y personal desocupados mientras hay cientos de miles de compatriotas que no tienen ningún tipo de cobertura. En esta área no hay «falta de capitales». Hay una dilapidación de recursos. Y no se cuida el más importante: el humano.

Hay compañeros de varios centros que hacen cola para cobrar 200 o 300 pesos de adelanto. De lo que le adeudan, después de haber aceptado, en aras de mantener los puestos, sucesivas rebajas salariales. El sufrimiento del personal de la salud, privado y público, es brutal. Varios casos de suicidio que no son de dominio público. Recurso patológico desesperado, que es un síntoma macabro del sufrimiento general. Que no tiene beneficio ni de inventario ni de TV.

Lo perverso es que no sólo en mutualistas desfinanciadas se opera este fenómeno. Conozco una, de cuyo nombre no quiero acordarme, que, a pesar de tener sus finanzas saneadas, igual impone rebajas salariales preventivas. Simbólicas, dicen. Aunque usted no quiera creerlo. Esta «empresa», también como aquellas, dilapida sueldos gerenciales desorbitados. Gastos innecesarios que no apuntan a una mejor atención.

¿Por qué se aprieta el cogote cuando no es ni necesario ni eficiente? Sólo para doblegar al trabajador. Hacerlo más sumiso. Pervertir las relaciones para «competir» en términos de mercado, dicen. «No se puede tener trabajadores que cobren por encima del laudo». Tienen que pagar su ofrenda en el altar de los sacrificios. Para los asalariados, el azote: no hay aumentos, padecemos el IRP, el costo de la vida aumenta vertiginosamente, y «hay que aceptar la rebaja para salvar el puesto de trabajo».

El ministro de Salud amenazó en una oportunidad con dar los nombres de aquellos que en medio de la crisis lucran con sueldos desmedidos y profundizan la crisis. Se arrugó y no los dio. Es una tentación empezar a publicitarlos. Como sanción moral.Veremos.

Hay un registro de la impunidad que genera valores perversos. No digo que todo sea lo mismo y que todos son iguales como causa-efecto. No. Sólo afirmo que la falta de justicia disemina normas de conducta que avalan y justifican lo trastornado y desviado de la convivencia. Con un poco más de sentido de justicia los hombres y mujeres de este país podrían confiar más en sus propias fuerzas. Se discerniría mejor y se construiría con otros valores. Mejores.

Juan Carlos Blanco conoce ciertamente el destino de Elena Quinteros. Elaboró junto a otros funcionarios un perverso Memorándum que por su naturaleza ominosa y delictiva se caratuló «Secreto». Así se archivó en el Ministerio de RREE hasta que alguien con dignidad se atrevió a entregárnoslo. No era un papel «reservado». Sino precisamente secreto. ¿Por qué? Porque contenía una hipótesis delictiva como ser «No entregar a la mujer». No se podían dejar rastros. Le mintió al mundo entero. Su condición cristiana no le ha permitido, a pesar del delirio místico, pedir perdón y decir lo que sabe.

Participó con ese papel en una reunión del Cosena. Allí se tomó una decisión. El Dr. Lacalle, que fue ni más ni menos quien dio la orden presidencial de liberar el contenido de toda la investigación administrativa, ahora lo abrazó y lo mimó, para pública vergüenza. Fue en el homenaje a Pacheco celebrado en la Casa del Partido Colorado. Todos revolcados. Delincuentes y autoritarios. Da náuseas el exhibicionismo de tal pereversidad. ¿Eso no es un ejemplo? ¿Una señal de la impunidad para otras acciones de menor envergadura? Pero no es todo.

El reo no representa «alarma pública». Las «convicciones» derivadas de actuaciones secretas de una comisión paraestatal tuvieron efectos jurídicos. Está libre. No sólo eso. El camaleónico e impúdico Fau consideró que puede dictar clases nada menos que en el Calen. Atiéndase que es un centro de altos (no es menor) estudios.

El funcionario del BROU Héctor Rovella, cuya inocencia todavía se presume por cuanto no hay sentencia, fue destituido. Es acusado de haber vulnerado (presumiblemente) otro secreto que encubría otra perversidad: políticos con representación parlamentaria o con cargos ejecutivos retiraban apuradmente sus fondos del BROU mientras predicaban el evangelio de que «acá no hay corralito», «acá no habrá devaluación». Sabían que pasaría otra cosa y «acá me salvo yo, y el Banco y el país, que se fundan, qué me importa». «La moral pública no tiene nada que ver con la moral privada». Así las escindió el profesor Hierro. «Son distintas», dijo ofuscado y amenazante contra la periodista de TV que lo interpeló a propósito del comité de base forista con sede en Cárcel Central. Que en este caso no tiene nada de perverso. Más bien todo lo contrario. *

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