A un año de una frase inolvidable: "We are fantastic"

El lunes 5 de agosto de 2002, nacía una frase que se ha matrizado en nuestro territorio y que posiblemente trascienda las fronteras para convertirse en un clásico dolorosamente irónico.

Me estoy refiriendo a la conclusión que ante el entonces Secretario del Tesoro de EEUU, de visita fugaz en nuestro país, acuñara el señor Presidente de la República: «Somos unos fenómenos» o «We are fantastic».

Creo que el Presidente confundió lo que debería ser ánimo de velorio con jolgorio, jactándose de algo realmente vergonzante, dada la magnitud del daño que le estaba infligiendo al Uruguay en su conjunto con esa actitud tan poco responsable y, lo que es peor aún, indigna. Dio para mucho, hasta para una obra teatral de divertimento, fue insumo permanente en el Carnaval pasado y seguramente será recurrente por un tiempo y recordada largamente.

Confieso que cuando examino esta aseveración desde diferentes ángulos puedo llegar a coincidir en alguna de sus interpretaciones; por ejemplo: un pueblo que le dijo NO en un histórico plebiscito a una dictadura que disponía de todos los medios para perpetuarse habla muy bien de todos nosotros (o, al menos, de la mayoría).

Cuando repaso algunos ejemplos históricos desde Leandro Gómez a Julio César Grauert, pasando por Baltasar Brum, también puedo pensar positivamente en esta definición, o cuando repaso el comportamiento heroico que muchos hombres y mujeres de este suelo mantuvieron en su lucha contra la dictadura, por la recuperación de la democracia y la dignidad, ¡vaya si habrá sido fenomenal, fantástico!

Y confieso que cuando rememoramos alguna hazaña en el plano deportivo o algunos logros actuales que, sin llegar a constituirse en hazaña, significan un mérito enorme que habla muy bien de un país pequeño, escasamente poblado y con infinidad de carencias pero que es capaz de superponerse a todas las limitaciones para intentar existir más que competir en el concierto mundial, aflora en mí  como en casi todos los uruguayos  un orgullo sano y una íntima satisfacción de ser herederos del legado artiguista o simplemente vibrar acompañando desde una tribuna a la histórica «celeste».

Pero cuando pienso en la gente que no tiene para comer, en las carencias e imposibilidades de atención de la salud, en las dificultades en el acceso a la vivienda o en el ejercicio del derecho a la educación gratuita, obligatoria y laica como propuso José Pedro Varela, las cosas cambian.

Cuando veo que por haber sido generosos por demás con los ricos y poderosos, pero implacables siempre con los carenciados, sean estos trabajadores, desocupados o pasivos, ya no me siento identificado con lo fenomenal o fantástico. O cuando caigo en la cuenta de las propias palabras que precedieron a la frase que nos ocupa y que eran más o menos éstas: «Ningún país, ante una corrida bancaria de estas características, entrega más del 20% de sus reservas; nosotros dimos el 45%» y resulta que por eso fuimos unos fenómenos, no me siento para nada fantástico.

Lo que nadie en el mundo estuvo dispuesto a hacer, nuestro gobierno lo hizo; eso sólo indica que fuimos lamentablemente diferentes, pero no necesariamente inteligentes.

Hasta los salvatajes tienen un límite.

Y finalmente, cuando comenzamos a enterarnos, ahora, de lo que verdaderamente ocurrió el año pasado y cómo se nos ocultó información y hasta cómo se tergiversó la misma, confieso que dan ganas de llorar.

Pero como nos votaron para representar, legislar y fiscalizar, no para llorar, seguiremos haciéndolo en la medida de nuestras humildes posibilidades, porque nuestra gente  esa sí fenómena y fantástica  lo merece. *

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