Emigración y cultura del no compromiso
Uruguay ha sido un país generoso con los llegados de Europa hasta los años 50 del siglo XX. Pero también siempre tuvo una alta emigración, en especial a Argentina, desde su nacimiento como colonia. Sin embargo, es a partir de la década de 1960 que aumenta la expulsión de los orientales por causas económicas, políticas y de desarrollo de potencialidades personales-artísticas, científicas, técnicas y deportivas.
En los últimos meses la corriente emigratoria supera en número el crecimiento de la población. Vale decir que los habitantes que quedan son más viejos que la media del pasado. Las consecuencias en lo económico –producción, consumo, previsión social, salud– son absolutamente negativas para el presente y para el futuro. El envejecimiento se vincula con reposo de la acción y el pensamiento que consolida una sociedad resistente a los cambios –como todas– y excesivamente atada a un pasado idílico, para el que siempre elabora atajos nostálgicos.
Los que se van son en su gran mayoría jóvenes, y presumiblemente, competentes como trabajadores. Como las oleadas de emigración son muy grandes, es dable sospechar que no todos son muy calificados; ya se debe estar mezclando mucha gente que no está capacitada para disputar puestos de trabajo en el exterior. Aquí no tienen posibilidades. El país no tiene perspectivas favorables para los que se van. Entonces, muchos que ni siquiera tuvieron un empleo, están dispuestos a tramitar certificados, hacer colas y, tal vez, sufrir algunas humillaciones para conseguir el pasaporte que los acredite, por su ascendencia, como ciudadanos del mundo opulento de Europa. A partir de entonces, van en busca de nuevos horizontes: desarraigo, adaptación a nuevas culturas y costumbres, a sufrir la vida de inmigrante y extranjero en sociedades hostiles a los de esa condición, tal vez a limpiar letrinas y hacer tareas que no dignifican a quienes las realizan. Los que se van «sin papeles» pueden vivir experiencias infernales.
En 1971, el país expulsaba gente por todas las causas mencionadas. Pero de una parte de la sociedad surgió una invitación: «Hermano no te vayas, ha nacido una esperanza», quizá por razones electorales pero incitaba al que se iba a volver la cara y pensar otra vez. Desde los mismos partidos tradicionales surgieron corrientes jóvenes –batllistas y ferreiristas– que se planteaban una transformación del país. Había surgido el Frente Amplio y los movimientos guerrilleros reclamaban una sociedad mejor, no importa si las formas o los procedimientos para reformar al país eran los adecuados. Lo destacable es que había gente que estaba dispuesta a pelear, a hacer sacrificios y renuncias para inventar las primaveras del futuro.
¿Qué nos encontramos hoy? La juventud que se va –víctima inocente de las generaciones anteriores que fracasaron en la construcción del país– es apoyada y alentada por esas generaciones de mayores a abandonar el país y encontrar un medio de vida en el extranjero. Nadie hace nada ni pelea nada para conseguir aquí las cosas que aspiran tener –nací a las penas, bebí mis años y me entregué sin luchar,– al decir de Discépolo. Ese aliento es la aceptación cómplice de la propuesta de la elite dirigente de un país agro-exportador, una regresión criminal.
Es posible que la mayoría de los emigrantes consiga un trabajo, acceda al confort de los electrodomésticos y la casa propia comprada a largo plazo, eduque a sus hijos en una cultura que no les pertenece y espere el día en que deba preguntarse: «¿Así que el futuro era esto?».
¿Dónde quedó la sangre charrúa, la garra celeste y la boutade de los años 50 , «como el Uruguay no hay», que socarronamente habíamos aceptado? Nosotros, las generaciones mayores, ¿qué hemos trasmitido a los jóvenes? Somos pasivos y cómplices de las elites dirigentes incompetentes que nos han llevado a perder a nuestros hijos y nietos. Dentro de poca semanas, esos mismos conductores que desde hace treinta años nos chicanean con mediocridades y frivolidades, reiterarán sus propuestas sobre cosas que no van al meollo del asunto. Y haciendo gala de nuestra sobriedad y sensatez de las que nos sentimos tan orgullosos, elegiremos «el mal menor» sin hacer sentir nuestra voz. Mirar para el costado y no intentar participar es una forma de estar cómodo. *
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