El Partido Rosa y el manoseo de la Constitución

Cuando a uno lo invitan al club donde el comisario y conocidos talladores hacen fuertes apuestas, se sabe lo que puede suceder. Si en esas condiciones, por pusilánimes, igual nos lo jugamos todo, comprometemos por largo tiempo la confianza de mucha gente. Y esto es lo que le sucedió al Frente cuando concurrió a jugar la partida en el Club Naval. Los dueños de casa fijaban las reglas, había jugadores cómplices y fulleros, y el Frente sólo fue invitado a jugar «de punto». Y como no podía ser de otra manera, el punto fue dejando en la carpeta, poco a poco, todas las prendas del apero.

Ya dentro, obligados a jugar en inferioridad de condiciones, lo único que podía hacer el Frente era ser testigo del despojo a que fue sometido el país con las diversas jugadas de sus gobernantes. Así pues no pudo hacer nada por evitar todo lo que pasó, pero tampoco puede sentirse exonerado de responsabilidad por haber aceptado entrar en la partida. Invitado a ser testigo de la ruina general.

Considerar la Constitución como un sobretodo hecho a la medida, para uso exclusivo del que lo encarga, es la actitud colorada desde los Rivera a los Batlle. Cuando por forzado uso se gasta, se rompe y tira. Se llama al motín. Así es nuestra historia política.

Esta Constitución en su primera era fue respetada durante nueve meses, estirada al máximo en sus posibilidades discrecionales durante seis años, y licenciada durante doce años. Al retorno a la democracia pos-Club Naval, acuerdos de élite obviaron enojosas discusiones públicas y organizaron mayorías en base a «manos de yeso». Así pudieron gobernar a su antojo, continuando la «obra inconclusa del proceso», al cual le faltaba la legitimidad necesaria para atar al país a los compromisos financieros internacionales.

La convocatoria democrática clubnavalista sólo tenía un objeto: legitimar lo hecho por «el proceso» y convocar un Parlamento que legitimara el creciente endeudamiento externo y las enajenaciones patrimoniales del Estado.

En esta nueva era constitucional, debieron hacerse muchas excepciones y estirar el texto constitucional al máximo. Por ejemplo, para obviar mayorías requeridas en el artículo 188, respecto a la participación de capitales privados en las empresas públicas, fijada en tres quintos de cada cámara, y su texto que establece que la ley asegurará el control del Estado en las empresas asociadas, las cuales seguirán siendo de derecho público. Para ello se buscó el atajo de la rendición de cuentas, violando flagrantemente el artículo 216, que prohíbe incluir en las mismas «disposiciones cuya vigencia exceda la del mandato de Gobierno ni aquellas que no se refieran exclusivamente a su interpretación o ejecución».

Rendiciones de cuentas fulleras, por las que dictan normas permanentes que afectan el patrimonio de instituciones, o rendiciones de un solo artículo para ser votadas a tapas cerradas. Como el «punto» del Club, en cada contraste el Frente tuvo que seguir doblando la apuesta, en la esperanza de mejor suerte.

La reciente reforma constitucional al instaurar el balotaje, institucionalizó la impostura política. Sancionó el «travestismo político», de los que cada cinco años cuelgan el sobrio sobretodo, para recorrer la campaña revoleando alegremente el poncho. El voto cruzado institucionaliza la nueva mayoría: «el partido rosa». Pertenecen a un partido los que tienen la misma propuesta política, y la sostienen en concierto. Los que durante cuatro períodos de gobierno, jugaron a la mosqueta, perpetuando las políticas económicas del llamado proceso. Funcionando como partido único, se reparten los cargos en los órganos de contralor designándolos a su antojo, violando el art. 324.

¡El partido rosa usa su circunstancial mayoría para la repartija de cargos entre sus agrupaciones!

¡Al partido rosa ya le es insuficiente la actual Constitución, y ya están pensando los ajustes necesarios para perpetuarse en el poder!

El sobretodo va a pedirle al poncho unos retazos para agrandar las mangas donde empalmar sus cartas, y estirar su falda para que sus botas pasen por zapatos.

Sólo la intervención contundente y oportuna de la «autoridad» puede desbaratar el garito. ¡Que sea ejemplarizante y que llegue a tiempo! *

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