El dictador Bordaberry y la autopsia del capitán Busconi
Juan María Bordaberry declaró el lunes 28 de julio ante la Justicia penal en relación con el asesinato de ocho militantes comunistas el 17 de abril de 1972 en la Seccional 20ª del Paso Molino. En el operativo fueron fusilados Luis Alberto Mendiola, José Abreu, Ricardo González, Ruben López, Elman Fernández, Raúl Gancio y Justo Sena cuando salían del local, desarmados y con los brazos en alto. Otro de ellos, Héctor Corvelli, murió diez días después en el Hospital Militar. En la acción resultó gravemente herido el capitán Wilfredo Busconi, que tras 21 meses de agonía falleció el 31 de enero de 1974 en el Hospital Militar.
El capitán Busconi resultó víctima de un proyectil de alta velocidad disparado por un arma larga, del tipo utilizado en la época por las Fuerzas Conjuntas. Así lo prueban todas las investigaciones, como veremos. Los testimonios de los vecinos que presenciaron angustiados el asalto, así como de los tres sobrevivientes (José Machado y Enrique Rodríguez, de Nervión, y el peluquero Ernesto Fernández) afirman que los militantes comunistas estaban desarmados y en ningún momento dispararon.
No obstante, la versión de Bordaberry es que al capitán Busconi lo mataron los ocupantes del local, y que ello originó la represión. En el libro escrito por Miguel Angel Campodónico titulado: «Antes del silencio. Bordaberry, memorias de un presidente uruguayo», éste refiere el episodio en estos términos: «Cuando Busconi se adelantó, le tiraron un balazo que le dio en la cabeza. Y, naturalmente, la patrulla respondió abriendo fuego indiscriminadamente».
Esta versión tiene dos particularidades: comienza invocando a Pinochet como su numen, y se basa en presuntas declaraciones del coronel Ramón Trabal, jefe de inteligencia del ejército, que después del golpe fue alejado del país, adscrito a la embajada uruguaya en París, y asesinado. Los autores del crimen nunca aparecieron, y todos los indicios apuntan al largo brazo de la dictadura militar, la misma que después segó la vida de Michelini y Gutiérrez Ruiz.
Pues bien: esta versión constituye una flagrante deformación de los hechos, propalada por las mismas fuerzas que habrían de consumar el golpe de Estado el 27 de junio de 1973. En realidad, la matanza de la Seccional 20ª fue el preámbulo del golpe. Se realizó bajo la vigencia del estado de guerra interno votado por la Asamblea General, con la oposición del Frente Amplio, el 15 de abril, y que entre otras cosas sólo permitía difundir los comunicados oficiales. Esa misma noche, mientras estaba reunido el Parlamento, la sede central del PCU en Sierra 1720 había sido copada por un tropel de forajidos de civil, y sólo la presencia de ánimo de los cientos de afiliados allí reunidos evitó el baño de sangre programado.
En su libro «Los fusilados de abril», Virginia Martínez recoge decenas de testimonios de que los comunistas estaban desarmados, que los mataron a tiros, en algún caso los remataron con bayoneta, y que los dejaron desangrar en la calle. Una vecina de la calle Valle Edén, a los fondos de la Seccional, oyó comentar a dos militares: «Los matamos como a gatos». Hay una visión coincidente de Francisco Forteza (ex diputado batllista, subsecretario y ministro de Hacienda), que vivía frente a la Seccional, sobre Agraciada, en el llamado Edificio de la Junta. El 27 de abril el diputado Jaime Pérez presentó ante la Comisión de Constitución y legislación de la Asamblea General un informe con las siguientes conclusiones: las siete autopsias prueban que ninguno de los obreros muertos cayó en combate, las heridas evidencian que fueron ejecutados, algunos por la espalda, de un tiro en la nuca. De acuerdo con la opinión médica, la bala que hirió al capitán Wilfredo Busconi fue una bala de guerra, de alto poder, con seguridad disparada desde filas militares. Enrique Beltrán califica el informe como «una exposición seria, impresionante para todos los miembros de la Comisión». El gobierno de Bordaberry replica con el comunicado Nº 100 y el ministro de Defensa, general Magnani, reitera en el Parlamento la versión del enfrentamiento armado. Arismendi cita nuevamente el informe de las siete autopsias, revelador de que «los obreros fueron asesinados con tiros en la nuca, ejecutados y más todavía: algunos murieron desangrándose en la calle, donde los dejaron estar largo rato sin llevarlos al Hospital Militar y sin auxiliarlos, a pesar de que tenían ambulancias a disposición».
Interesa la conclusión que extrae el comisario Alejandro Otero, ex director del departamento de Inteligencia y Enlace, de un extenso relato sobre operativos policiales de la época. Dice: «A Busconi lo mataron los que venían detrás, con él. ¿Por qué lo digo? Por experiencia personal». Una versión aportada al debate parlamentario por el senador Juan Pablo Terra habla de «fuego cruzado en las fuerzas militares, de caos, de invasión del local, de obreros con las manos en la nuca y de ejecuciones». La autora aporta el testimonio de un ex militar, según el cual «el operativo fue un caos, nadie mandaba; pero a su vez lo que se quería era que fuera un caos, que hubiera sangre», para profundizar los enfrentamientos y acelerar la marcha hacia el golpe.
Ahora se ha agregado otro elemento probatorio de gran importancia, la llamada autopsia histórica. En el informativo de TV LIBRE del pasado 12 de mayo, su creador, el médico forense Hugo Rodríguez, explicó esta técnica, avalada por la Universidad de Valencia, España, y nuestra Facultad de Medicina. El forense afirmó que «la herida devastadora que tenía Busconi en el cráneo nunca pudo ser producida por un arma de puño: fue una bala de alta velocidad y quizá blindada. Estas balas sólo podían ser disparadas por un arma larga y sólo las tenían las Fuerzas Conjuntas».
El tema se desarrolla ampliamente en un reportaje de la autora del libro al doctor Hugo Rodríguez publicada en Brecha del 16 de mayo, en que éste explica que estudiaron en la página web del ejército las armas utilizadas en la época, menciona el libro «Las Fuerzas Armadas al Pueblo Oriental» y establece: «La herida que recibió el capitán Busconi no fue provocada por una bala de bajo calibre.
La descripción clínica, lo que aportan las radiografías, la descripción de la operación de los médicos militares permiten conocer perfectamente la naturaleza de la lesión que recibió. Ingresó al hospital en coma profundo, tenía múltiples fracturas en el hemicráneo izquierdo. Por el orificio de salida de la bala y por el oído izquierdo emergía masa encefálica». Sobre esa base refuta el informe citado del general Magnani en el Parlamento sobre el uso de un arma de puño.
Todo esto es concluyente para demostrar la falsedad flagrante con que Bordaberry quiso encubrir su responsabilidad en este crimen, que mereció a Wilson Ferreira el siguiente juicio: «No creo que la historia del país registre tragedia mayor». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad