Un Uruguay "irreconocible"

Hace medio siglo nuestro país todavía seguía siendo una mosca blanca en el concierto latinoamericano.

Los bajos índices de analfabetismo, de marginalidad y de delincuencia, así como un entretejido social más o menos continentador y estructurado no en forma de pirámide sino de rombo, todo ello permitía a Uruguay exhibir una imagen de país desarrollado o por lo menos muy diferente del resto de las naciones del continente.

La crisis estructural que comenzó a insinuarse a mediados de los años cincuenta no pudo ser revertida por los sucesivos gobiernos que se mostraron impotentes (o sin voluntad) para conjurarla. De nada valió que en 1958 el electorado expresara su voluntad de cambio dando el triunfo por primera vez en casi cien años al Partido Nacional. De nada valió tampoco la reforma constitucional de 1966 impulsada por ambos partidos tradicionales y presentada como la panacea, como si los problemas económico-sociales pudieran resolverse mediante disposiciones contenidas en una lex magna.

Con la excepción de los sectores colorados fieles al batllismo progresista y los nacionalistas conducidos por Wilson Ferreira (recuérdense la Cide y el frustrado intento de reforma agraria), blancos y colorados se mostraron incapaces de promover reforma alguna que apuntara hacia la reactivación y prefirieron afiliarse a las doctrinas regresivas del neoliberalismo.

El régimen cívico-militar profundizó la obra iniciada por Pacheco Areco, y los gobiernos democráticos que lo sucedieron confirmaron su vocación libremercadista y privatizadora.

De este modo, hemos llegado a la situación actual, en la que el país –como el Uruguay no hay– exhibe índices y cifras que van equiparándolo con los países del subcontinente. Toda esta obra destructiva es mérito exclusivo de la derecha conservadora entronizada en los partidos tradicionales, carentes ya de propuestas progresistas.

Desde esos sectores políticos ya se levantan voces de alarma por el aumento de la marginalidad, de la miseria y de la delincuencia. Voces de alarma que suenan un tanto hipócritas por cuanto provienen de los únicos responsables del dramático deterioro social. Parecen haberse dado cuenta –un poco tarde– de que la miseria y la marginación no sólo están en el origen del aumento del delito sino que, además, pueden desencadenar estallidos sociales indeseables y especialmente peligrosos para la clase dominante.

No obstante, bueno es que haya una toma de conciencia generalizada respecto de la realidad que vivimos hoy y que no sea sólo la oposición progresista, los «inconformes de siempre», quienes denuncian las injusticias.

De acuerdo con las estadísticas, la mitad de los niños nacen por debajo del nivel de pobreza. Eso quiere decir que dentro de pocos años la mitad de la población del país será pobre; para emplear palabras de Alejandro Bonasso, ex director de Iname, «en diez años tendremos un Uruguay irreconocible». El dirigente forista advirtió también sobre los efectos de la fractura social y de la pobreza en el tema valores: «¿Quién puede asegurar que esos niños tengan internalizados los valores democráticos?», se preguntó Bonasso.

Sin embargo, las propuestas de la derecha no se compadecen con el diagnóstico: no abandonan el campo del asistencialismo y no cuestionan el modelo económico generador de injusticias. Si no hay un cambio revolucionario, ¿qué perspectivas hay de que los niños que hoy nacen pobres accedan a una vida mejor cuando sean adultos?

En una sociedad donde desapareció la movilidad vertical (en rigor lo que desapareció fue la movilidad en sentido ascendente; en sentido descendente incluso se ha incrementado), en estas condiciones, repetimos, ¿puede razonablemente esperarse que se pueda revertir esta dolorosa realidad? *

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