Un Ejército que traicionó la tradición artiguista
En este aniversario de la Batalla de Las Piedras oímos al comandante del Ejército. Como hace varios años no sucedía, frente a todo el estado mayor colorado se reivindican los actos del proceso.
El domandante quiere que la pesada carga del pasado militar que lo tuvo a él como actor, caiga sobre los hombros de las jóvenes generaciones de orientales que tienen vocación militar. Sería bueno recordar a las jóvenes generaciones que ese «círculo militar» que pretende representar a la institución castrense, no es más que un club de ancianos cuya memoria flaquea.
El capitán José Artigas, ascendido luego de la Batalla de Las Piedras a general por la Junta de Mayo, venció con civiles en armas a un templado ejército de línea, que en su momento era el verdadero Ejército nacional; recuerden, señores, que hasta ese momento la guerra civil que comenzaba era entre las autoridades de España en América y los criollos sublevados, a los cuales las autoridades comenzaban a llamar «tupamaros». El vencedor del campo de batalla no se dedicó a faenar los cuellos de los vencidos, ni a maltratarlos en el cepo de la tortura (quedaron en su poder 430 soldados, 22 oficiales y tres jefes superiores), por el contrario los liberó imponiendo «clemencia para los vencidos». Y en un acto de soberbia modestia, ni siquiera recibió la espada del vencido en sus manos.
Las prácticas militares que reivindica el comandante no son las artiguistas. La heroicidad de sus tropas está cuestionada por sus propios partes de guerra, tomamos de «La Subversión», Las FFAA al Pueblo Oriental. La presunta guerra habría comenzado en 1962, y las bajas fueron las siguientes: Policías 25; militares 11; neutrales 8; subversivos 63. A fines de 1972 las FFAA declaran liquidadas totalmente las fuerzas enemigas con un saldo de 2.873 presos, 844 requeridos y 64 muertos. Quedaron en poder de los vencedores: seis locales destinados a cárceles; dos locales destinados a hospitales; 118 refugios rurales; 142 refugios urbanos. Luego de esa fecha, en cautiverio murieron 80 y fueron desaparecidos más de un centenar de cautivos luego del fin oficial de las hostilidades.
Sin contar con los cazados fuera del territorio oriental y asesinados como Zelmar, el Toba y otros militantes asilados en Argentina. Sin contar el asalto a la embajada Venezolana con agresión a sus funcionarios y el secuestro y desaparición de la maestra Elena Quinteros. Sin contar el secuestro y asesinato del doctor Roslik, año 1984, al que sacaron de su hogar para romperle el hígado a patadas.
«Clemencia para los vencidos», dijo Artigas tras una sangrienta batalla que dejó como saldo más de un centenar de muertos y heridos, varias veces más bajas que las que tuvieron los valientes militares del proceso… Estos, por el contrario, se reúnen treinta años después, llenos de rencor, sin vergüenza por sus crímenes, y tratan de que las nuevas generaciones militares sean salpicadas por la sangre de sus víctimas.
Por suerte, todos somos conscientes de que los hijos no son responsables de los crímenes de sus padres. Cuando todas estas infamias ocurrían, la actual generación de militares estaba en la escuela o no había nacido. Cada generación vale por sus virtudes y sus defectos, el respeto que se merecen los orientales que hoy sirven al país no está en juego.
Los orientales tenemos otras cosas más importantes que resolver, entre otras, sacarnos de encima las secuelas del entreguismo económico y político de los civiles del proceso, que aún medran dentro del sistema político. *
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