Pesimismo ante un porvenir incierto
Mientras algunos ladronzuelos se pasean por Miami o son detectados en Brasil sin que nadie confíe que en alguna oportunidad sean aprehendidos y, finalmente, comparezcan ante nuestra escuálida justicia, el deterioro del país se hace más evidente. Ninguna de las problemáticas esenciales se resuelven, ni siquiera se encaran respuestas para problemas tan elementales como el del hambre que están sufriendo miles de uruguayos que siguen hurgando la basura en busca de algún mendrugo para pasar la noche, especialmente ahora cuando han comenzado los fríos y no aparecen soluciones globales para quienes habitan en la calle.
Se aplaude que el país sea declarado como libre de aftosa, pero no se tiene en claro hacia dónde se exportará la carne, pese a que los precios comparativos sean favorables para Uruguay. Tampoco se sabe qué acciones han concretado, para vender nuestra producción, los integrantes de nuestro «servicio» exterior, que reciben los mejores sueldos de la administración para cumplir una tarea poco más que decorativa.
En esta situación de pobreza creciente se produce un nuevo incremento de tarifas de servicios públicos, que tiene como objetivo cumplir con lo establecido en la carta de intención firmada con el FMI, especialmente cuando una misión de ese organismo se encuentra en Montevideo. Decimos esto porque las empresas públicas a través de ese incremento no recaudarán más, logrando solamente con ello un nuevo pujo de la morosidad y de quienes, en razón de la reglamentación punitiva que se pone en marcha, quedarán sin energía, agua o teléfono.
Claro, uno de los motivos ocultos que también existen, está vinculado a la licuación que el gobierno hace de sus deudas, vía inflación y devaluación de la moneda, achicando su peso y, con ello, trasladando la pérdida a los acreedores del Estado, quienes cada mes que pasan sin cobrar advierten cómo se reduce su capital.
Encaramados en el equipo económico, por supuesto, sigue la mayoría de los personajes que acompañaron a Alberto Bensión en la «resolución» de la crisis del sistema financiero, que le costó al país más de seis mil millones de dólares. Por supuesto que nada se solucionó, se perdió esa suma sideral que, en buena medida, fue robada por banqueros que hasta ese momento eran personajes paradigmáticos para el grupo dirigente del país.
Luego vino el zarpazo final. El corralito impuesto a los ahorristas de los bancos estatales y de las instituciones financieras fundidas quienes reclaman hoy certezas que no obtienen, sobre cómo se les devolverá su dinero.
Ahora las palmas se baten por el alargamiento en los vencimientos de la deuda externa. Se realizó un canje «amigable» que, obviamente, encubría el default, ya que no existía dinero para pagar mínimamente al vencimiento de los documentos adeudados, dejándose deslizar que ahora se podrá disponer de dinero para reactivar el país. Cartón lleno decimos ante el disparate.
Somos más que escépticos. No creemos en tal afirmación. Es evidente que no existen recursos que posibiliten retomar el camino del crecimiento. No en vano el gobierno, por vía de la inflación, pretende seguir licuando su endeudamiento interno con lo que continúa, de manera implacable, destruyendo riqueza. *
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