Con Kirchner, Argentina retoma la esperanza
Con el paso de los días, Néstor Kirchner ha demostrado que es algo más que un producto elaborado por Eduardo Duhalde. Su personalidad como expresión de las corrientes populares y progresistas del peronismo se ha venido afirmando en forma inequívoca. Sus primeros pasos han demostrado habilidad y firmeza en el tratamiento de los principales problemas que han conducido a la mayoría de los políticos argentinos al desprestigio.
El nuevo presidente se ha pronunciado con claridad a favor de un corte con las políticas neoliberales, en defensa de los salarios, contra los aumentos de las tarifas públicas y a favor de la búsqueda de un camino propio para la Argentina, al margen de la coyunda impuesta por el Fondo Monetario.
Como suele ocurrir en ese país, entre los primeros actos de gobierno no han faltado las decisiones espectaculares, como el descabezamiento de la cúpula militar con el pase a retiro de cincuenta generales, 27 del Ejército, 13 de la Armada y 12 de la Fuerza Aérea. Con un humor más porteño que militar, uno de los desplazados comentaba «al final, nos aplicaron el que se vayan todos a nosotros», según da cuenta una nota de Página/12.
El comentario agrega que «el descabezamiento de las Fuerzas Armadas puede ser leído como una decisión estratégica a futuro. Si la Corte Suprema rechazara la constitucionalidad de las leyes (de Punto Final y Obediencia Debida), el gesto de autoridad de Kirchner sepultaría por anticipado cualquier conato de reclamo. Por otro lado, ya dentro de las fuerzas no quedarían hombres comprometidos con la represión ilegal. El actual jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, ha sido denunciado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) porque ocupaba la secretaría de la intervención del Chaco cuando se produjo la masacre de Margarita Belén. La Justicia lo imputó en esa causa. En caso de que la Corte fallara por la constitucionalidad de las leyes de impunidad –tal como lo anticipan algunas versiones que dan cuenta de que cinco de los nueve jueces suscriben esa postura–, los organismos de Derechos Humanos ya anticiparon que apelarán a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) y, en ese caso, será el gobierno el que tendrá que decidir qué actitud tomar ante delitos de lesa humanidad que no prescriben.
Justamente, el tema de una autocrítica sobre el terrorismo de Estado, sostenida sólo de la boca para afuera por parte de las cúpulas, es otro de los motivos de la purga. «Con esta medida, empiezan otras Fuerzas Armadas sin resabios de la historia de los ’70», explican en el círculo del Presidente.
La forma transparente y drástica como el flamante Presidente argentino ha encarado el problema, tan absolutamente distinta al infinito sistema de ocultamientos e hipocresías con que esos asuntos se tramitan en Uruguay, ha sorprendido no sólo a los jerarcas militares desplazados sino a buena parte de los dirigentes de los partidos y analistas políticos: ni en la asunción de Cámpora en 1973, después de 18 años de sangrientas persecuciones al peronismo ni con el advenimiento de Raúl Alfonsín, en 1983, después del baño de sangre de la dictadura terrorista, se había producido una «purga» de la magnitud de la actual.
El juego político argentino es recio y Néstor Kirchner parece estar situándose a la altura de los desafíos planteados. No han faltado ni faltarán contra él las conjuras que más de una vez, en ese país, se han alzado contra los gobiernos democráticos, con vocación popular y nacional y con sentido de la dignidad. Pero todo parece indicar que no se encontrarán con un nene de pecho. Que para bien de la Argentina, esos rumbos se consoliden. *
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