En las últimas semanas se han multiplicado los anuncios más terribles sobre el aumento de la pobreza y el crecimiento del hambre en amplias zonas de la población uruguaya.
A menudo la opinión se conmueve a partir de dramáticos episodios individuales registrados en hospitales de niños o en las escuelas públicas de los barrios más castigados.
Otras veces son las cifras proporcionadas por las agencias del gobierno, nacional o departamental, que dan cuenta de la vertiginosa extensión del flagelo del hambre en nuestro paÃs. El crecimiento espectacular de la pobreza en el año 2002 y lo que va de 2003 no tiene precedente en la historia del paÃs y es probablemente un punto señalable en las cifras a nivel regional.
Y no porque la situación en América latina sea de prosperidad o al menos estabilización en los niveles de años anteriores. Sobre el punto son especialmente elocuentes las cifras que en las últimas semanas han difundido tanto el Banco Mundial como la Cepal.
Un rasgo distintivo exhibe esta pobreza latinoamericana: los desamparados son cada vez más numerosos, disponen cada vez de menos recursos y conviven en sus paÃses con ricos que son cada vez más ricos.
De todas las regiones pobres de la tierra, América latina ostenta esa dudosa distinción: es la región con los criterios más regresivos, más injustos en materia de distribución de la renta. Más que la India, Indonesia o las nuevas y convulsionadas repúblicas africanas.
PaÃses que, como Argentina y Uruguay, habÃan transitado por otras rutas en su desarrollo económico-social se han “adecuado” rápidamente a las pautas de polarización social caracterÃsticas de las sociedades subdesarrolladas tradicionales de la región.
Ahora bien, esta región, que conoció la agitación y las luchas de los años sesenta y setenta y asistió a la trágica implantación de los regÃmenes de “terrorismo de Estado” pareció reencontrar definitivamente el camino de la democracia desde mediados de la década de los ochenta.
Muchos analistas y lÃderes polÃticos creyeron que la hora de las democracias habÃa llegado para siempre en nuestra región y que, junto con los cambios institucionales y la apertura polÃtica se instalarÃan en estos paÃses procesos de desarrollo económico y social estables y duraderos.
Este proceso y estas comprensibles expectativas que se iniciaron en los ochenta han alcanzado ahora importantes metas de realización efectiva.
Una serie de triunfos electorales de fuerzas de izquierda o centro izquierda que culminó con la victoria de Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil y la derrota del menemismo en la Argentina parecen dar un nuevo impulso a este empuje de democratización con compromiso social nacida en anteriores decenios.
De este modo dos procesos de enorme trascendencia confluyen para componer la singular coyuntura latinoamericana: crecimiento de las tensiones sociales como consecuencia del criminal incremento de la pobreza y la desigualdad social y advenimiento al gobierno, por primera vez, de fuerzas polÃticas de nueva raigambre y entonación de izquierda que ensayan la puesta en práctica de polÃticas de redistribución, lucha contra la pobreza y desarrollo económico autónomo.
Por la juventud y la originalidad del PT y de su liderazgo y sobre todo por la dimensión de las fuerzas sociales que se han puesto en movimiento, la experiencia de Brasil es, en este perÃodo, la de mayor interés y repercusiones.
Los planes de emergencia impulsados desde los gobiernos, destinados a enfrentar resueltamente las llagas de la pobreza, adquieren ahora una enorme importancia. Para enfrentar la cuestión social y simultáneamente para darle sustento a la democracia.
Un ordenamiento institucional republicano y democrático que intentara construirse con los cimientos de una sociedad brutalmente polarizada en el plano social, muy probablemente carecerÃa de viabilidad a mediano plazo. *
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