Nunca más al horror
A esta altura es redundante condenar nuevamente lo ocurrido en este país hace casi tres décadas. Asesinatos, secuestros, desapariciones, torturas y tiranía fueron el denominador común de aquellos años, todas expresiones bárbaras que ninguna idea abstracta puede justificar. Esa vesania brutal no fue el resultado del ataque contra un ejército enemigo, sino contra los valores de la humanidad y de la civilización.
Resulta sencillamente incomprensible este carácter medieval con que obraron esos activistas de la muerte, el asesinato y la tortura, la destrucción de las familias, la agresión contra el indefenso, método que surgió de la aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Ser patriota, para estos militares y policías significó dejar escrúpulos y desechar los valores democráticos que siempre se manejaron en nuestra sociedad. «Patriotas» que martirizaron hasta la muerte a personas indefensas y, casi tres décadas después, siguen justificando ese pasado oprobioso para las propias Fuerzas Armadas cuya función específica no es otra que salvaguardar la Constitución, defendiendo nuestra soberanía de la agresión extranjera.
¿Qué parte de esa misión cumplían estos señores cuando hundían cadáveres en cal viva, o quemaban restos humanos para hacer desaparecer todas las pruebas de la crueldad con que actuaron? Los ideólogos de esa masacre no advirtieron que estaban modificando elementos de convivencia esenciales, provocando un cambio de la identidad social e, incluso, de las formas de vida.
Si nadie reconoce esas aberraciones y pide perdón por ellas, pese a que el propio gobierno, a través de la Comisión para la Paz, confirmó que en el país hubo terrorismo de Estado, es muy difícil que los rencores se aplaquen. Y ello es más difícil aun, cuando un comandante en jefe reivindica aquel pasado sin admitir ninguna de las aberrantes prácticas que todos conocemos. Discurso que, sorprendentemente, fue aceptado sin cuestionamientos por el propio Poder Ejecutivo.
Deberían reconocer, al menos, que la lucha contra el terrorismo se transformó en la batalla contra el opositor, del signo que este fuera y que esas aberraciones tienen también responsables jerárquicos que estuvieron enquistados en la estructura del gobierno de facto. Sabemos que por aquellos tiempos hubo muchos que fueron a golpear las puertas de los cuarteles tratando de desencadenar una acción que llevara a aplastar el descontento social. Paralelamente aparecieron las nuevas doctrinas económicas, cuya aplicación por la aberrante distribución regresiva del ingreso que imponían, necesitaban de la represión.
El cóctel represivo fue atroz sin que ninguna idea abstracta pueda justificar nada de lo ocurrido, porque no hay nada que sirva para tapar las acciones de estos siniestros personajes que ahora, luego de juramentarse en el silencio y a la solidaridad corporativa, cuando hablan ensombrecen mucho más un pasado que debió servir para que esta sociedad, en el oriente del Río de la Plata, madurara y gritara a los cuatro vientos que en esta tierra purpúrea, en este territorio con forma de corazón, «nunca más» se repetirán aquellas siniestras felonías. *
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