El reiterado discurso castrense

Jamás pasó por la imaginación de José Artigas la idea de que la acción bélica ocurrida el 18 de mayo de 1811 en las afueras de la Plaza Fuerte de Montevideo se convertiría en efemérides patria primero y luego en fecha destinada a dar expresión al pensamiento castrense. Y menos aún pudo sospechar que casi doscientos años después  y teniendo en cuenta el papel cumplido por las Fuerzas Armadas durante la dictadura , los mandos militares afirmen que su accionar se inspira en «el pensamiento y ejemplo de vida que nos legara el general Artigas».

La exigencia constitucional de que ciertos funcionarios deben abstenerse de formular comentarios políticos, parece no comprender a los militares; por lo menos así parecen percibirlo ellos. Desde la predictadura pachequista, pasando por los doce años de régimen de facto hasta el día de hoy, los jerarcas castrenses han aludido  de manera más o menos sutil o francamente grosera  a cuestiones vinculadas al quehacer político. Cada oportunidad en que algún general hubo de hablar públicamente, la misma fue aprovechada para emitir opiniones fuera de lugar, puntos de vista improcedentes o amenazas más o menos veladas.

Y no se entiende cómo el titular del Ministerio de Defensa puede sostener  como argumento en defensa de las expresiones castrenses  que frente a los cuestionamientos de que es objeto el Ejército, el aporte que éste hizo fue «mantener un respetuoso silencio». Si se refiere al silencio público sobre las denuncias concretas y a la renuencia en proceder a un mea culpa, el calificativo de «respetuoso» es absolutamente inapropiado.

El discurso pronunciado el domingo pasado por el comandante en jefe del Ejército no fue una excepción pues incluyó ciertos conceptos y determinadas opiniones que conforman el meollo del pensamiento castrense respecto de un asunto  no laudado mal que les pese a los defensores de la impunidad  como es el de las violaciones a los derechos humanos durante la represión dictatorial.

Dijo el general Daners: «Este Ejército Nacional, el de todos los orientales, cumplió, cumple y sin dudas cumplirá siempre, sin claudicaciones ni renunciamientos, con el mandato histórico y legal de custodiar y mantener los valores que forjaron esta Nación». Bueno sería que el comandante en jefe nos dijera si fue para custodiar y mantener los valores nacionales que apoyaron el golpe de Estado de Bordaberry, detuvieron ilegalmente a ciudadanos, los sometieron a bárbaros castigos y los hicieron desaparecer…

Tampoco podemos tolerar que el jerarca militar emita juicios sobre la historia reciente y menos sobre la situación actual en que se desarrollan investigaciones judiciales sobre las vesanías cometidas por oscuros centuriones y sus cómplices civiles, catalogando tales acciones como «revisionismo inconducente». El comandante en jefe parece olvidar que no está habilitado a tomar partido ni menos a emitir opiniones jurídicas, por lo que resulta inaceptable que en su discurso se haya pronunciado a favor de la prescripción de los delitos.

Entre las atribuciones de un jerarca militar no figura la de indicar cuál es el mejor camino para sellar la paz; eso es tarea esencialmente política, y el general Daners debería abstenerse de exponer públicamente su punto de vista al respecto.

En un estado de derecho, en una sociedad democrática respetuosa del orden institucional, tales expresiones no tienen cabida.

Han transcurrido dieciocho años desde el fin de la dictadura cívico-militar; es hora de que la autoridad civil asuma su responsabilidad y que los militares se ubiquen en el lugar que la sociedad y el ordenamiento jurídico les han asignado. *

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