Maíz sagrado, maíz profano
Según la leyenda maya que aparece en el Popol Vuh, libro del pueblo quiché, los hombres creados para repoblar el mundo, luego de las grandes catástrofes, tenían la carne hecha de mazorcas amarillas y blancas. El maíz fue la esencia de la vida. Y, también, el alimento que nutrió otras civilizaciones, en todo el continente americano: desde las Antillas al Plata y desde el Pacífico al Atlántico. Aún hoy, continúa siendo la base de la alimentación popular en muchos de los países que lo integran. Paradojalmente, en México, donde fue reverenciado como planta sagrada, a mediados del siglo XX, tras su paso por laboratorio, se convirtió, al igual que otros granos, en un producto industrial más. Desde el Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (Cimmyt), financiado por la fundación Rockefeller, la Revolución Verde desarrolló y expandió variedades de híbridos de «alto rendimiento», obtenido mediante el uso intensivo de fertilizantes y agroquímicos; así como de riego y mecanización en gran escala, con el consiguiente consumo de combustibles fósiles.
A un costo ambiental, social, económico y financiero, que está haciendo insostenible esta agricultura artificializada, al máximo. En la mexicana, el proceso se ha acelerado por la reducción de tarifas del Nafta, que hará más competitivos los subsidiados productos agrícolas estadounidenses. Además, debido a su estrecha base genética, sus monocultivos son muy susceptibles a enfermedades y plagas. Por otra parte, las semillas de estos híbridos no se reproducen, debiendo ser compradas cada año; interrumpiendo el ciclo milenario de control de los recusos genéticos, a cargo de las culturas campesinas. En México, tierra de múltiples cultivos y diferentes manejos productivos, adaptados al medio, existía, respecto al maíz, una docena, por lo menos, de sistemas de producción y sus respectivas variantes. La Revolución Biotecnológica, aunque no tuvo en el Cimmyt su laboratorio privilegiado, ha despertado el interés de sus científicos. Uno de los cuales, Alessandro Pellegrineschi, ha dicho que es necesario adoptar sus tecnologías para solucionar problemas como la salinidad de los suelos, las enfermedades de los cultivos y el uso de plaguicidas. Debidos, en gran medida, dicho sea de paso, a las prácticas de la Revolución Verde. La nueva panacea, llamada a sucederla, cuenta entre sus técnicas, con la manipulación genética, que consiste en la inserción de genes de unos organismos en otros, con el propósito de trasmitirles características consideradas deseables. Lo que se hace, incluso entre especies animales y vegetales; hecho inédito hasta ahora. Las empresas de seguros, cautelosas, se limitan a cubrir riesgos específicos a corto plazo, ya que es imposible determinar la naturaleza, magnitud y proyecciones de otros que podrían presentarse.
Basta considerar que los productos, patentados, de estas manipulaciones, liberados a un ambiente vulnerable y complejo, son seres vivos y, como tales, accionarán. Ocurrió, por ejemplo, que a pesar de que los científicos afirmaban que el peligro de contaminación era remoto, en setiembre de 2001, el gobierno de México anunció que el ADN de maíz genéticamente modificado había sido encontrado en cultivos tradicionales, en Oaxaca. Dicho maíz, proveniente de EEUU y destinado a alimentación, contiene un gen que posibilita la acción destructiva de una toxina bacteriana, sobre ciertos insectos que lo atacan.
Países africanos, como Zambia y Zimbabwe, a pesar de la hambruna que padecen, han rechazado granos genéticamente alterados, ofrecidos por la Agencia para el Desarrollo Internacional, por temor a la contaminación de sus cultivos tradicionales y al rechazo, en Europa, de la carne de animales con ellos alimentados. En Uruguay, que tiene ya soja transgénica, la producción y comercialización del maíz MON 810 resistente, en particular, al barrenador de tallo europeo, merecieron opinión favorable de la Comisión de Evaluación de Riesgos de Vegetales Genéticamente Modificados (CERV). En su informe, expresa que, en el país, donde «no existen especies de plantas nativas o espontáneas emparentadas con el maíz, el riesgo de flujo génico hacia ese tipo de planta es improbable».
Más que «improbable» sería imposible si tales parientes no existen. Descarta, asimismo, su potencial de tornarse maleza, sus efectos sobre organismos no escogidos como blancos y su impacto sobre la diversidad biológica.
En Brasil y países de la Unión Europea estos riesgos y otros, como la amenaza a la agricultura orgánica y a la apicultura, son objeto de preocupación.
El documento de la CERV se basa «en el examen de documentación aportada por el interesado» y en la adicional, que ha obtenido. Las cuales la llevan a concluir que hay evidencia sustantiva de su seguridad como alimento animal. Y, espera que «el uso del MON 810 como alimento para humanos sea semejante al uso de las variedades no transgénicas».
Igual aspiración tienen las transnacionales que controlan la investigación y los mercados de alimentos, dominando todo su ciclo de producción y comercialización. Al que han integrado los sectores farmacéuticos agroquímicos y de semillas; como lo han hecho la europea Novartis y la estadounidense Monsanto.
Pero ningún provecho representarán para los millones de personas que, en todo el mundo, perecen de hambre porque dejaron de producir sus propios alimentos y carecen de dinero para comprar los tan costosamente elaborados, que están a la venta. Ya hace algunas décadas, el biólogo Ethan Signer advertía que el problema del hambre «no deriva de causas exclusivamente técnicas» y «nos acompañará hasta que se encuentre una solución política».
En Argentina, donde el hambre es endémica, las exportaciones agroalimentarias de transgénicos, como maíz y soja, alcanzan cifras multimillonarias en dólares.
El temblar de la tierra, en la civilización maya, era señal aterradora de escasez de maíz en las trojes.
La globalizada sociedad tecnológica no padece ese miedo. Sus silos están colmados y ha construido búnkers, a prueba de terremotos y explosiones nucleares, para guardar semillas y genes de múltiples especies.
Después de las grandes catástrofes, las modernas deidades científico-empresariales crearán seres con cuerpos de supermaíz, como el que el Cimmyt atesora. Los que, con la apropiada resistencia incorporada, saldrán a repoblar el nuevo Mundo Feliz que los aguarda. *
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