Anunciado incremento del flagelo terrorista
No se habían extinguido aún los ecos de los graves atentados en Riad, Arabia Saudí, cuando otras acciones terroristas sacudieron Casablanca, una de las principales ciudades de Marruecos. Culminó así una semana particularmente sangrienta, con otros dos graves atentados en Chechenia, también vinculados, según los expertos, a organizaciones con fuerte impregnación de fundamentalismo musulmán.
Los atentados del viernes en Casablanca adquieren una particular significación: en primer lugar, a diferencia de Riad, Marruecos se encuentra bastante alejado de las zonas más afectadas por las operaciones militares recientes que han sacudido Oriente Medio.
En segundo lugar en los atentados perecieron, además de las 22 personas alcanzadas por el impacto de las bombas, diez kamikazes. La presencia de un tan elevado número de agentes suicidas da la medida de la intensidad de los sentimientos de que son portadores y de la gravedad del desafío planteado.
En estos días, además, la inquietud sacudió a los servicios de seguridad tanto de Gran Bretaña como de los Estados Unidos, y se habla de existencia de factores de intranquilidad en varios países del Africa Oriental, en los que la red Al Qaeda parece tener cierta inserción.
Una nota editorial publicada ayer sábado en Clarín de Buenos Aires evoca las opiniones formuladas públicamente por Michael Howard, un historiador militar inglés, acerca de los caminos que se proponía seguir el presidente Bush en respuesta al atentado criminal contra la Torres Gemelas.
Plantear la guerra antiterrorista como lo hizo Bush era, para Howard, «comprometerse a buscar una victoria imposible contra un enemigo informe (…) que sería mejor combatido por una operación policial conducida bajo los auspicios de las Naciones Unidas (…) contra una conspiración criminal cuyos miembros deben ser aprehendidos y llevados ante una Corte Internacional de Justicia».
Como es sabido, no ha sido ése el temperamento que prevaleció en Washington. Más bien se ha avanzado en la concepción de la guerra preventiva y unilateral.
Es indudable además que esta concepción aparece paralela, complementaria y funcional a otros intereses estratégicos de los círculos del poder norteamericano: sea el petróleo en Irak, la defensa de la política de Israel en Palestina o el aislamiento y la amenaza sobre otros países que no le resultan gratos al gobierno del Sr. Bush.
La proliferación de los atentados terroristas, que nada hace presumir habrán de ahorrar ningún continente o región del mundo, es un profundo mentís a las consignas levantadas por la administración norteamericana.
Pero son bastante más que eso. Poniendo el acento en la sangrienta y difusa confrontación con las organizaciones terroristas, el gobierno republicano habrá sin duda de ahondar en sus medidas de fuerte tonalidad antiliberal y antidemocrática.
La acentuación del clima de inseguridad será el pretexto para aumentar el control sobre la circulación de las ideas y de las críticas, sobre los que discrepan con Bush y lo expresan públicamente.
En una palabra: si no hay un cambio radical en el tratamiento del problema, el agravamiento de la acción terrorista va a terminar amenazando las libertades civiles y políticas en nombre de las cuales se realizan las acciones unilaterales y preventivas de represión. *
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