El Partido Nacional en busca de su ala izquierda
A pocos días de haber tomado estado público, la propuesta herrerista de «ajuste político» parece ya condenada de antemano al fracaso o a un piadoso olvido. La acogida que la iniciativa lacallista tuvo en la clase política osciló entre el desinterés y el franco rechazo, lo que permite predecir un seguro archivo. Incluso dentro de su propia colectividad, el ajuste propuesto no encontró el eco esperado y hubo sectores nacionalistas que no vacilaron en expresar su disconformidad con la reforma. No se comprende bien la razón que llevó al Herrerismo a elaborar un proyecto de reforma constitucional sin buscar consensos ni siquiera dentro de filas partidarias, un proyecto que sólo ha suscitado la adhesión de legisladores y dirigentes lacallistas y que ha generado bastante más críticas que apoyos.
Entre quienes hicieron oír su voz discordante, destaca el conductor de Desafío Nacional, el doctor Juan Andrés Ramírez, cuyas divergencias con el líder herrerista trascienden evidentemente una rivalidad personal y los cuestionamientos éticos que el doctor Lacalle definió como «embestida baguala». A esta altura, parece claro que Ramírez y su sector representan una alternativa de signo contrario al de la mayoría partidaria. En todos los planos, la visión y el proyecto de país que uno y otro ofrecen están en franca oposición. Al lado del proyecto conservador y alineado en los principios neoliberales que ofrece el ex presidente, la posición de Ramírez se acerca mucho más a un proyecto de corte progresista con ciertas afinidades con el senador Larrañaga e incluso con las propuestas de la izquierda.
A diferencia del Partido Colorado, ya ubicado en la derecha del espectro y aparentemente cómodo en ese espacio y sin preocuparse por cobijar en su seno proyectos renovadores y progresistas, como tradicionalmente lo hizo, el nacionalismo intenta recomponer su ala izquierda, tal vez como forma de atraer al electorado que en la última elección abandonó el viejo lema.
El doctor Ramírez parece haber optado por un discurso en que denuncia de modo terminante la política económica actual, propugna reformas estructurales, y políticamente se manifiesta como abanderado de la mejor tradición democrática; el rechazo tajante al ajuste político de su correligionario por considerarlo antidemocrático es prueba de ello. Asimismo, el severo cuestionamiento a los dogmas del libremercado y el reclamo de políticas sociales lo ubican, como queda dicho al comienzo, en una zona del espectro bastante próxima a las fuerzas progresistas.
Es quizás el último intento de recomponer y de aggiornar el espacio donde se ubicó Wilson Ferreira Aldunate dentro del Partido Nacional y que en materia programática se plasmó en el célebre Nuestro Compromiso con Usted, un documento lamentablemente olvidado por las generaciones actuales.
Al margen de la dudosa viabilidad de que el Partido Nacional cuente con un polo de izquierda, teniendo en cuenta que la reforma de la legislación electoral incorporada al texto constitucional en 1996 prescribe la candidatura única, resulta saludable este intento de rescate del ideario wilsonista. Porque más allá de las adhesiones partidarias, la figura del último caudillo las trasciende para convertirse en un referente obligado de la historia reciente.
El país necesita un cambio urgente. Pero no el cambio que propugnan los ayatolás del fundamentalismo neoliberal, clamando por eliminar el Estado, sino el cambio de signo progresista que mire por el bienestar del país y su gente. *
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