El país, la competitividad y el Mercosur

Se maneja que el nivel de competitividad alcanzado por Uruguay, en razón de la relación cambiaria favorable –especialmente con Argentina y Brasil– retrotrae al país a una situación, observando solamente el sector externo, con similitudes a la que se vivía en 1998, previamente a la devaluación de Brasil.

Esa verificación puede ser acertada en cuanto al tema de los equilibrios cambiarios, pero de ninguna manera en torno a otros aspectos de los elementos que conforman la economía.

Ello es claro si tenemos en la situación catastrófica que están sufriendo los trabajadores uruguayos, agobiados por la pauperización a la que se llegó por la caída del salario real, producto de la recesión económica y de acciones impositivas, como la de la aplicación del IRP (impuesto a los sueldos) que ha recortado de manera importante el ingreso de las familias. Sumemos a ello la creación de otra cantidad de tributos que han logrado extraer de una sociedad empobrecida más y más recursos para intentar recomponer un Estado quebrado.

Otro punto del descalabro es la insólita política tarifaria, aplicada como si los uruguayos estuviéramos en el mejor de los mundos, la que también conspiró para que la actividad se fuera achicando. A ninguno de los miembros del equipo económico ni a los tecnócratas del FMI se les ocurrió que era imposible mantener un régimen de aumentos tarifarios como el que se aplicó, que afectaba a la misma población que había sido brutalmente empobrecida. Las consecuencias, obviamente, no sólo las pagó la gente sino también las empresas públicas que, en casi todos los casos, sufren importantes problemas en la recaudación.

Vivimos en un país en emergencia que, por una suma innegable de situaciones azarosas, ha recobrado la competitividad en sector externo en un marco, lamentable, en que prácticamente sólo tienen mayor salida commodities, sin casi ningún valor agregado, pues la industria que antes de 1998 exportaba a buen ritmo, ha sido aplastada por el «achique» del mercado interno derivado de todos los elementos que reseñamos.

Las cifras del desempleo son elocuentes, más del 18 por ciento, así como también las dificultades que encuentran quienes eventualmente podrían producir para la exportación, marginados de los créditos necesarios para financiar su actividad.

La economía es el arte de los equilibrios, por más que los tecnócratas que se definen por una u otra de las tantas teorías que se manejan –utilizando un palabrerío vacuo, muy parecido al que hablan los llamados técnicos de los organismos multilaterales de crédito, quizás personajes considerados por ellos paradigmáticos– se encarguen en colocar a esta ciencia en un lugar subalterno, dependiente de la política.

Por ello es bueno preguntarles a estos buenos señores que tapizan de palabras los suplementos especializados, que sostienen que es «imposible» un acuerdo macroeconómico en el Mercosur, que se definan rápidamente sobre qué hacer en el país cuando, como indefectiblemente ocurrirá, se modifique nuevamente el equilibrio cambiario y Uruguay regrese a la anterior situación.

¿No sería bueno para evitar otra profundización de la crisis que el gobierno tratara de impulsar, como están haciendo Lula y Kirchner, un acuerdo macroeconómico que implicara, en una etapa posterior, llegar a una moneda regional o única? ¿No creen los economistas que lo que se está buscando a nivel de Argentina y Brasil es un mayor equilibrio?

Hacer nuevamente la plancha, en estas circunstancias, enancados en la momentánea competitividad lograda por el país, tendría consecuencias trágicas. Sería un cortoplacismo infantil que ni siquiera resolvería un pretérito y poco probable acuerdo dadivoso con los Estados Unidos.

Pero de infantilismo está tapizado el camino del infierno. *

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