En Irak crece el descontento con la ocupación militar
A principios de este año, cuando se hacía cada vez más evidente que el ataque norteamericano a Irak se llevaría a cabo con o sin el respaldo de las Naciones Unidas, varios expertos en cuestiones diplomáticas y conocedores de las complejidades de la situación en la región advirtieron acerca de las dificultades a las que se enfrentarían los norteamericanos después de la guerra.
Aunque sumamente cruel para la población civil de la Mesopotamia, la guerra perpetrada por las tropas anglo-norteamericanas concluyó en un lapso relativamente breve, con la victoria de la arrolladora maquinaria bélica de las dos grandes potencias.
El día 9 de abril, una colosal operación mediática mostró el derrumbe de una estatua de Saddam Hussein en una plaza céntrica de Bagdad. Previamente, la imprudencia de un soldado norteamericano había develado una parte de la verdad que se procuraba oscurecer: la cabeza del hombre fuerte iraquí fue cubierta con una gran bandera norteamericana.
Había comenzado la ocupación. Saddam y las tropas que habían luchado bajo sus órdenes desaparecieron de la ciudad y bien pronto de todo el territorio iraquí ,ocupado por unos cientos de miles de soldados ingleses y norteamericanos.
La derrota militar del régimen de Hussein no puso fin a la violencia, ni a los saqueos ni a las muestras de repudio por la presencia de tropas extranjeras.
Varias semanas después de la «victoria», las tropas ocupantes no han conseguido implantar un mínimo de orden. La inseguridad, la inestabilidad y el caos se han hecho dueños de la situación. Los vencedores sólo parecen interesados en disputar y repartir los frutos de la conquista, de la manera más ruda y despiadada: en la esperada hora del festín petrolero, las cuestiones de la salud, la seguridad y la alimentación del pueblo iraquí han pasado a un segundo plano.
Por lo demás, la irrupción de las tropas extranjeras y la destrucción del poder dictatorial anterior han hecho aflorar una enorme cantidad de tensiones que se mantenían subterráneamente.
Las corrientes del islamismo radical, chiíta (o siíta), estrechamente vinculado a las corrientes que prevalecen en el vecino Irán, que habían sido reprimidas durante la dictadura de entonación laica pero con apoyo de las corrientes sunitas, han reaparecido con singular ímpetu en todo el país.
La llegada en estos días del ayatolá Hakim el Baker, líder religioso de enorme capacidad de convocatoria entre el pueblo chiíta, ha venido a agregar un componente de gran inestabilidad a la situación.
Las concepciones de este líder lo sitúan en una línea con grandes analogías con las del ayatolá Komeini, quien encabezó la revolución popular islámica en Irán, en el año 1979.
Hakim, que regresó el pasado sábado a Irak de su exilio en Irán, es partidario de un Estado teocrático, en el que se respete enteramente la ortodoxia islámica contenida en el Corán, en sus primeras declaraciones, formuladas ante multitudes, reclamó la salida de los ocupantes extranjeros.
Exigió asimismo que el próximo gobierno de su país sea elegido por los propios ciudadanos de Irak, sin intervenciones de ningún tipo provenientes del extranjero.
Una vez más, los Estados Unidos, a través de sus fuerzas armadas, parecen enfrentarse a la realidad de una nación que reivindica su soberanía, que entiende a la democracia como gobierno del pueblo soberano y no como el gobierno hecho a la medida de las tropas de ocupación.
Inestabilidad política, inseguridad para vidas y haciendas de los ciudadanos de Irak, perspectivas de un aumento de las tensiones y resurgimiento de movimientos islámicos radicales y nacionalistas, muchos de ellos dotados de sus propias milicias armadas, como los chiítas: ese es el panorama actual después de la guerra.
¿No le sobraban razones a los que recomendaban prudencia, apego a la ley y acciones conjuntas con las Naciones Unidas? *
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