Acerca de la tolerancia y la hipocresía
Hace unos meses comentábamos palabras de Lula en su discurso de asunción. Lula hablaba de que éste era un «tiempo de mudanza» como sinónimo de «tiempo de cambio». Señalaba, además, su determinación de utilizar con rigor ese tiempo. Para cambiar en profundidad, en el sentido de mejorarla, la vida de la gente.
En nuestro país, otrora profundamente ideologizado, o más bien librescamente ideologizado, hoy parece existir una formidable competencia, en el plano político y dicho esto con todos los respetos, como se acostumbra decir en el Senado por demostrar que se es profundamente desideologizado. Es decir, se intenta y no pocas veces se lo logra vincular libertad de pensamiento con falta de pensamiento, improvisación con creatividad y tolerancia con ausencia de combate contra lo erróneo, lo injusto y hasta lo delictivo.
Hay en la derecha de hoy, de Uruguay, de la región y del mundo, una formidable desfachatez y un descarado uso de una máscara de hipocresía, con la que intentan detener de alguna forma el brutal descrédito en el que han caído luego de aplicar durante veinte años (1982 a 2002) un modelo que ha arrasado a nuestras sociedades.
El diccionario dice que la palabra hipocresía viene del griego hypokrisis y que es «un vicio que consiste en la afectación de una virtud o cualidad o sentimiento que uno no tiene». Y dice, también que es sinónimo de falsedad.
Y así es posible comprobar cómo quienes compartieron gobiernos que arrasaron con las libertades, que llevaron decenas de miles de trabajadores a los cuarteles, que se burlaron años del Parlamento, que clausuraron periódicos y proscribieron Partidos, levantan hoy su voz engolada recriminando a quienes luchan por un cambio que termine con la pobreza, los privilegios y la corrupción, por su «intolerancia». Son «intolerantes porque se oponen a todo», carecen de «capacidad de diálogo», son «destructivos». La derecha trata y ha convencido a bastante gente buena que tener capacidad de diálogo es aceptar lo que ella dice, hace, deshace u oculta. Enfrentar la mentira, denunciar la corrupción, reclamar que haya un mínimo de justicia, es ser «duro», «radical», «extremista» partidario de regímenes «no democráticos». De forma tal que los que lloran la muerte de los generales de la dictadura se han convertido en censores de los que lucharon contra ella, y tuvieron sus muertos, presos y exiliados. Cosas veredes.
Hay, además de intolerantes e hipócritas algunos son especialistas en falsificar la historia. Y bueno es decirlo, no sólo en filas de la derecha. En la izquierda, o en la sedicente izquierda, hay algunos que ajustan la historia o los hechos pasados a su presente para trazarse algún porvenir político. Nosotros no podemos escribir la historia pero es conveniente no renunciar a denunciar a los falsificadores.
Así, por ejemplo se puede tener credenciales de tolerante cuando se proyectaron leyes que hacían perder la patria potestad a aquellos padres que permitieran a sus hijos militar en los gremios estudiantiles. Fueron tolerantes quienes firmaron como ministros, decretos que reinstalaban las Medidas Prontas de Seguridad levantadas por la Asamblea General. ¿Pueden escribir editoriales «democráticos» los que llenaron sus páginas bajo la dictadura con las fotos de los requeridos por las fuerzas conjuntas o cobraban centímetro a centímetro a los pobres asustados que querían excusarse de «no ser izquierdista» publicando a precio de oro sus golpes de pecho de «demócratas».
Confieso que en ciertos momentos hay que tener mucha fuerza de contención para no estampar en la cara de los falsos demócratas, intolerantes y totalitarios siempre partidarios de los que ganan, los juicios que nos merecen. Pero no vale la pena. Como tampoco vale la pena el ocuparse de aquellos publicistas que no periodistas a los que hay que calificar de aquí en adelante como «enrolados». Esta es una designación producto de la guerra de Irak, quizá una de las pocas cosas rescatables de esa guerra infame. Parece que los norteamericanos le pusieron el mote de «enrolados» a aquellos periodistas que viajaban en la parte de atrás de los tanques, a cubierto del fuego enemigo. Ellos consentían en someter a censura sus comunicados, y siempre estuvieron dispuestos a trasmitir las imágenes de las fuerzas «victoriosas». Aquí hay suficientes «enrolados» cuyo centro de interés hoy está en los fusilamientos ordenados por Fidel Castro o por la Cuba «comunista». Tienen censurado hablar de las ejecuciones en Texas o de los presos en celdas de alambre en Guantánamo. Y, además, la posan de «cultos», aunque como dice el calendario de la Ley de Murphy, el 8 de mayo, fecha en que escribo estas líneas, la Ley de Henderson sobre la erudición. Esta dice que «La investigación consiste en leer dos libros que no ha leído nadie para escribir un tercero que nadie leerá».
A estos «cultos a la violeta», o de «cultura axilar» como se decía de aquellos que circulaban por Montevideo con un libro bajo el brazo para posar de informados y cultos. De ellos se reía, maliciosamente, Daniel Díaz. Hoy no puede hacerlo porque los actuales usan computadora.
Entonces, para estos nuevos «predicadores» de la tolerancia, es bueno transcribirles lo que pensaba don Carlos Vaz Ferreira en su «Moral para intelectuales». Vaz Ferreira es uno de aquellos uruguayos a quienes muchos citan y pocos han leído. Yo lo escuché algunas veces en el Paraninfo de la Universidad, compartiendo la sala con cuatro o cinco y siguiéndolo con no pocas dificultades. Y leí lo que sigue en la página 187 del libro citado, editado por Losada. Bien que lo deberían leer con cuidado algunos doctores.
«Con motivo de estas diferencias morales, pasaríamos entonces, en nuestro curso, si dispusiéramos del tiempo necesario, a hablar de otro vasto problema: lo que debe ser la «tolerancia». Mostraríamos los diversos sentidos que se dan a este término; las cosas buenas y las cosas malas que se engloban en su significación; mostraríamos como, en cierto sentido, la tolerancia es el más noble de los sentimientos; a saber: cuando significa procurar comprender en cuanto sea posible las ideas, los sentimientos y los actos ajenos, respetando aun aquellos actos, sentimientos e ideas que no podemos comprender o compartir, siempre que no tengamos motivos para que ellos nos parezcan francamente malos; no tender a imponernos indebidamente ni en los juicios ni en el sentimiento ni en la acción; procurar siempre comprender ese fondo de verdad y ese fondo de bondad de las cosas falsas y de las cosas malas, cuyo desconocimiento es la gran flaqueza de la humanidad, según la hermosa máxima de un gran filósofo… que, en sus libros, no la seguía demasiado; y al mismo tiempo mostraríamos cómo, también bajo este nombre de tolerancia suelen presentarse la debilidad, la falta de energía, la flojedad moral; y como cierta clase de paralogismos relacionados con la tolerancia, nos lleva a menudo a atenuar y a veces hasta suprimir nuestra acción en el sentido de lo que creemos bueno». …»Y llegaríamos tal vez a una fórmula un poco imprecisa y vaga, pero quizás la menos vaga posible; a saber: respetando, en cuanto no sean claramente malos, y procurando comprender y sentir las ideas y sentimientos ajenos, no atenuar sin embargo, en lo más mínimo nuestra acción y nuestra propaganda propias en el sentido de lo que creemos bueno y verdadero».
Y res més… como dicen en Catalunya.
Nota: «paralogismo»: razonamiento falso. *
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