Nuestra América en la hora de los "halcones"
Es necesario ir muy atrás en la línea del tiempo para encontrar un período que se parezca al actual. Fue a principios del siglo veinte.
Pero entonces, bajo Teodoro Roosevelt, en los terribles tiempos de la «política del garrote», la situación, que era aciaga para los países del Caribe y Centro América, no se sentía con tanta malvada intensidad en las regiones más australes y alejadas de Yanquilandia, como el Río de la Plata, donde todavía se hacía sentir el peso del viejo imperialismo británico
La situación tendió a cambiar cuando, después de la Segunda Guerra y el inicio de la Guerra Fría, la coyunda norteamericana se ciñó con más asfixiante rigor sobre el conjunto de la vida de los pueblos latinoamericanos.
La desaparición del campo socialista en 1989-1990 agravó para todos los países de América Latina, con excepción de Cuba, una situación de dependencia y estancamiento secular.
Con el triunfo republicano de noviembre de 2000 y los catastróficos atentados criminales del 11 de setiembre, la situación terminó de configurarse con toda su peligrosidad para la soberanía y los intereses de nuestros pueblos.
Como ha escrito en estos días el estudioso argentino Juan Gabriel Tokatlián, después de los atentados del 11 de setiembre de 2001 Washington identificó tres zonas de diferente significación y alarma para sus intereses vitales. La amplia Cuenca del Caribe, que cubre el Caribe insular, Panamá, Centroamérica y México, es hoy definitivamente parte del perímetro externo de defensa estadounidense y, por lo tanto, la extensión de su seguridad interna. Los niveles de autonomía de esta subregión tenderán a reducirse y las tensiones entre Estados Unidos y Cuba podrán incrementarse. La búsqueda de invulnerabilidad absoluta en ese perímetro, la persistente derechización del gobierno republicano y la considerable influencia del neoconservadurismo sureño (en especial de Texas y Florida) colocarán a Fidel Castro como el principal referente de perturbación en América del Norte, fenómeno turbulento cuya resolución, según los halcones más empedernidos, pasa por el cambio de régimen en la isla.
En Colombia y en la frontera colombo-venezolana, Washington localizó una zona de alto riego terrorista y en la triple frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil, Estados Unidos ubicó una zona de riesgo potencial en términos del terrorismo.
De acuerdo con este panorama resulta bastante claro hacia adónde apunta la política latinoamericana de los «halcones» y de su inequívoca vocación de alentar todas las tendencias conservadoras, tanto en lo que hace a las relaciones internacionales como al desarrollo de las políticas internas.
Agrega el argentino «la securitización excesiva de las relaciones interamericanas tenderá a ampliar y ahondar dos brechas ya existentes. Por un lado, la distancia entre una sociedad estadounidense más conservadora, xenófoba y autocentrada, y sociedades sudamericanas más nacionalistas, movilizadas y demandantes. Por otro lado, la distancia entre gobiernos latinoamericanos notoriamente inclinados hacia Washington y sociedades latinoamericanas cada vez más críticas respecto a Estados Unidos».
Esta forma de mirar la realidad continental y la dirección política a la que apunta la nación hegemónica contribuye a situar el sentido de nuestra propia proyección internacional como país soberano.
Surge entonces con fuerza la necesidad de buscar en la región y en el continente mecanismos de integración y de unidad que nos permitan preservar y ampliar los márgenes de autonomía política y desplegar los potenciales de desarrollo económico y social al que aspiran nuestros pueblos. *
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