La derrota del "que se vayan todos"
Las recientes elecciones en la República Argentina han demostrado el total fracaso de lo que llegó a considerarse como una consigna casi unánime: «Que se vayan todos». Esa expresión imbuida por una furia muy explicable pero sólo emotiva e irracional, contenía una enorme protesta no acompañada de la más mínima propuesta genuina, y el 27 de abril recibió un duro golpe en unos comicios con muy alta participación popular y una insignificante presencia del llamado «voto bronca». En sí mismos, esos hechos son saludables, porque aquella tan divulgada consigna encerraba un rechazo no sólo dirigido a los gobernantes de turno, sino también a todo régimen de partidos y parlamentos, y en caso de haber triunfado, habría producido un vacío político casi demencial. Por sus características, el eslogan «que se vayan todos» remitía a situaciones similares a los acontecimientos que precedieron la instauración de regímenes fascistas de toda laya, aunque descartamos que esa hubiera sido la intención de la inmensa mayoría de quienes manifestaban tal forma de protesta global y sin propuesta.
La doctrina fascista italiana es rastreable en diversas fuentes, a partir de los artículos de Mussolini publicados desde los primeros tiempos de su movimiento en el periódico Jerarquía, así como en los discursos del Duce y ensayos teóricos más orgánicos publicados principalmente en los años treinta. Esa doctrina desarrollaba la idea de «Nación italiana» como síntesis histórica y humana, y como comunidad de vida y destino. La Nación sólo podía realizarse transformándose en Estado, y dentro de éste los individuos debían abdicar de su condición de fines en sí mismos y convertirse en medios para lograr el verdadero fin, que era una organización transpersonalista centralizada en torno a un eje: la más rigurosa idea de jerarquía, cuyo órgano supremo y verdadero soberano era «il Capo di Governo». En 1929 el Partido Nacional Fascista fue oficializado como órgano del Estado, y la ilegitimidad en que habían sido confinados los demás partidos hizo del gobierno un régimen de partido único. Para suavizar –nada más que retóricamente– la dureza extrema de su filosofía transpersonalista, la doctrina del fascismo decía que el individuo, en su integración al partido y al estado, no se aniquilaba sino que aumentaba su dignidad al multiplicarse por el número de integrantes de la multitud.
Consecuencia necesaria de tales concepciones fue que, desde sus comienzos, el movimiento fascista fustigó y denigró a los partidos políticos, a la «clase» política y al Parlamento como responsables de la división nacional y el caos, y como enemigos irreconciliables de la síntesis conceptual única que encarnaba el concepto de «Nación italiana».
En la ideología del nazismo alemán es posible reconocer algunos precedentes antiguos dentro del pensamiento filosófico y político germano. Su elaboración tiene como médula el concepto de «Volkgemeinchaft», traducible como «pueblo-comunidad» o «pueblo-colectividad», cuya amalgama es el espíritu objetivo (concepción tradicional de la filosofía germana) del pueblo alemán, visto éste como una comunidad racial o étnica con un fin supremo o destino histórico sólo realizable en su plenitud abarcando un «espacio vital» lo más grande posible.
A esa comunidad, a ese espíritu y a ese fin debe subordinarse el individuo, cuyo papel no es más que el de integrarse dentro de un Estado transpersonalista, única organización apta para lograr los grandes ideales arriba mencionados. De aquí resulta, obviamente, la condena al régimen pluripartidista y parlamentario como repudiable elemento disolvente de las concepciones unitarias y únicas que informan la doctrina del partido, del gobierno y del estado nazis.
Muy coincidente con las ideologías referidas fue la del gobierno nacional-sindicalista de la España de Franco, elaborada –entre otras fuentes– por los discursos y escritos de José Antonio primo de Rivera y los llamados «Puntos de Falange». Ellos están repletos de un nacionalismo obsesivo, de una concepción del pueblo español como una comunidad nacional y única («el pueblo unido y en orden», decía el dictador) de una religiosidad intolerante, omnipresente y excluyente, todo ello bajo una unidad de mando que pretendía legitimarse en antecedentes históricos del autoritarismo español. De todo lo cual deriva, naturalmente, lo que el propio Franco sintetizaba así: «Hay que soldar al pueblo dividido por los partidos; el Nuevo Estado Español debe ser una organización poderosa, de tipo asociativo, que termine con el Parlamento». La doctrina del régimen despreciaba el constitucionalismo democrático calificándolo como una creación francesa que un gobierno español auténtico debía descartar por superada y desechable.
Y en otro ámbito, en el comunismo soviético hay textos reveladores no lejanos a las doctrinas antes tratadas, como un escrito de Kautski cuyo destinatario era Lenin, que éste transcribió y que figura en sus «Obras escogidas». Decía Kautski que «el individuo aislado», «se siente grande y fuerte cuando constituye una parte de un organismo grande y fuerte. Este organismo es todo para él, y el individuo aislado, en comparación con él, significa muy poco». La lucha de ese individuo «con la mayor abnegación», «como partícula de una masa anónima», le permite cumplir «con su deber en todos los puestos donde se le coloca, sometiéndose voluntariamente a la disciplina que penetra todos sus sentimientos, todas sus ideas».
Como ejemplo –continúa Kautski– «podemos nombrar aquí a Marx, que nunca trató de ponerse en primer plano y se sometió de un modo ejemplar a la disciplina de partido en la Internacional, donde más de una vez estuvo en minoría». Vuelven aquí a presentarse varios conceptos que vimos al tratar los casos de Italia, Alemania y España: el sometimiento de la individualidad, la disciplina total, la jerarquía.
No hay nada más falaz que oponer, como si fueran inconciliables, los valores de lo individual y los de lo colectivo. Decía Klaus Mann, el escritor hijo de Thomas Mann, ante colegas suyos durante un congreso realizado en París: «La discusión es la más hermosa demostración de la buena voluntad de marchar juntos»; y enseguida recordaba unas palabras de André Gide: «El más individualista es aquel que en mayor grado puede propender al progreso de la comunidad».
Felizmente, en nuestro país no ha encontrado eco la consigna «que se vayan todos», y existe en el EP-FA una alternativa fuerte, seria y responsable de cambio de la política neoliberal y cada vez más proimperialista de los cuatro gobiernos posteriores a la dictadura militar. *
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