Harakiri
El viejo guerrero no había arriado las armas durante 30 años. La trinchera en la que se refugió cuando en 1945 los marines diezmaron la guarnición que defendía la ignota isla del Pacífico fue para Yoshio Katamura no sólo su último bastión defensivo frente al enemigo que ya se había retirado –pero del que temía pudiera volver sin previo aviso– sino también su hábitat de sobrevivencia.
Cada tanto oteaba el horizonte creyendo ver, en los cruceros de turistas que enfilaban para la entonces Pearl Harbour a vacacionar en los hoteles 5 estrellas de las grandes cadenas norteamericanas, sobre las arenas doradas de Hawai, las barcazas de desembarco que aquella mañana, hace tres décadas arrasaron las defensas de lo que fuera el invencible ejército nipón al que había sido reclutado a los 19 años.
Los jets que a veces surcaban los cielos de la pequeña y desolada isla se le ocurrían B-29 dispuestos a lanzar otra vez racimos de bombas. Y les apuntaba con el viejo fusil un poco enmohecido pero todavía eficaz que también empuñaba para menesteres no tan bélicos como la caza de algún animalejo para alimentarse.
Hasta que un día, cansado tanto de soledad como de hastío por esa falta de acción para la que había sido preparado, decidió rendirse. Salió de la trinchera oculta en la mata y desplegando un trapo blanco, enfiló hacia la playa donde encendió una enorme fogata durante días.
Su entrega ante un yate de gringos de Miami la sintió como una humillación. Pensó en hacerse el harakiri, pero el sable ya se había oxidado y quebrado por el paso del tiempo. Imaginó un regreso a Tokio triunfal y se sintió perdido en la multitud. No entendía nada: el emperador era tan sólo una figurita decorativa, había hasta partidos políticos, la prensa decía lo que se le cantaba y hasta los jóvenes no respetaban a sus mayores.
Fue ahí que entró a una vieja casa de antigüedades, eligió el sable que encontró más afilado, se sentó en el medio de la calle y tras tomarse el sake de ritual, se lo hundió hasta el mango en las tripas.
La historia viene a cuento porque las viscisitudes de Yoshio me retrotraen a la figura del general (r) Manuel Fernández, él también un viejo militar para el que la guerra parece no haber terminado: «no es de recibo (…) decir que la guerra estaba terminada, porque no se ajusta a la verdad histórica. Es cierto que fueron neutralizados militarmente en 1973″ pero «es también cierto que se reorganizaron en el exterior».
El postulado para dirigir dentro de algunos meses el Centro Mlitar añora volver a empuñar las armas y «que nadie dude que estamos preparados para enfrentar a quien sea».
Como en una vieja película de terror, volvimos a oír aquella frasecita que engolaba la voz de muchos de los personeros de la dictadura cuando salían al aire en medio de fanfarrias militares: «a las instituciones con dignidad no se las acorrala».
Y todos estos exabruptos por el informe final de la Comisión para la Paz: ahora que lo pienso, era más digna la tradición del harakiri… *
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