La ofensiva contra Cuba
Somos contrarios a la aplicación de la pena de muerte, en cualquier parte del mundo, incluyendo, obviamente, a Cuba.
Ahora bien, ¿tendría algún sentido instalarse en esta afirmación genérica para desde ahí examinar y pronunciarse, en forma descontextualizada y abstracta, sobre la situación y los hechos recientes en Cuba?
¿Tendría algún sentido formular apreciaciones de valor acerca de la vida humana como el bien más preciado, sin examinar el entorno y los antecedentes que permiten incorporar lo sucedido en Cuba en un marco de comprensión racional, que abarque todas las connotaciones que rodean a los juicios y ajusticiamientos cumplidos en aquel país en los primeros días de abril?
A ambas preguntas respondemos que no.
A partir de 1959, con el triunfo de la revolución, se empezó a desarrollar en Cuba un proceso de transformaciones de fondo que contrariaba todas las previsiones «teóricas» y políticas.
Una revolución social que modificó profundamente las relaciones de poder entre las clases dentro de Cuba y de las relaciones de dominación y subordinación instaladas entre las naciones: en particular y contra toda las previsiones la flamante revolución se atrevió a desafiar el estatuto colonial o neocolonial que a Cuba le había destinado el establishment norteamericano.
Una conducción, firmemente orientada por Fidel y Raúl Castro, Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos, entre otros, impulsó la profundización de un proceso que de su fase democrática, popular y nacional-antiimperialista se lanzó a transitar un proceso al socialismo absolutamente original y «cubano como las palmas».
Inspirados en el marxismo revolucionario y en una apreciación original y latinoamericana del pensamiento de Lenin, Fidel Castro y sus compañeros el Movimiento 26 de julio llevaron adelante una guerra de guerrillas en la que inicialmente no fueron muchos los que creyeron.
No obstante su heterodoxia, el alzamiento rebelde caló con profundidad en el pueblo cubano. La dictadura de Batista fue derrotada y el 26 de julio primero, las ORI (Organizaciones Revolucionarios Integradas), después, y luego el Partido Comunista de Cuba dieron vigor y aliento renovado a los viejos anhelos socialistas en la construcción de una nueva sociedad en la que la injusticia y el espíritu explotador y autoritario del capitalismo dejaran paso a relaciones de fraternidad y cooperación.
Durante la guerra fría, en un mundo bipolar y dentro de un hemisferio férreamente controlado por los EEUU, el desarrollo de la experiencia social revolucionaria de Cuba se revistió de un tremendo sentido simbólico.
No sólo la historia del pueblo cubano tiene un antes y un después del triunfo de la revolución.
La clarinada de la liberación nacional y el anhelo socialista que se empezó a sustanciar a partir de enero de 1960 resonó en todos los pueblos de América latina.
¿Se podría entender la historia de las luchas de nuestros pueblos a largo de la década de los sesenta sin apreciar el iridiscente significado simbólico que para nuestras patrias adquirió el triunfo de la revolución primero libertaria y luego social del pueblo cubano?
No se puede entender.
Como tampoco se pueden entender el significado de los golpes de Estado que se sucedieron en América Latina (Brasil 1964, Argentina 1966, Bolivia 1971, Uruguay 1973, Chile 1973) hechos a nombre de la lucha contra la subversión castrista.
Una «subversión» que se plasmaba en transformaciones avanzadas en Cuba que resultaban bien elocuentes en un continente en que crecía el número de los desamparados, los sin techo, los desocupados y analfabetos.
La realización del programa revolucionario en Cuba sacó los anhelos de redención social del terreno de las bellas ideas irrealizables, de la utopía, para instalarlas en la tierra, y en la tierra del Tercer Mundo, de ahí su tremenda fuerza simbólica para los pueblos de esta «América la pobre».
De ahí también el particular sentido de la solidaridad que la revolución cubana generó en América Latina. Era la solidaridad con las realizaciones de un programa histórico de emancipación nacional y social que se veía como perentoriamente necesario también para los demás pueblos del continente. *
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