Es hora de fortalecer el Mercosur
Brasil es hoy un ejemplo a seguir por nosotros en muchos aspectos.
Digo ejemplo, no modelo, puesto que no hay ni pretende haber «modelo brasilero», en ningún sentido. Pero, es de toda evidencia –y así lo están reconociendo los denominados «actores» políticos– que a partir concretamente del triunfo de Lula se han abierto otras y mejores perspectivas para el enorme país y en consecuencia para nosotros, sus hermanos menores. Más allá de la opinión y de la voluntad de los titulares de la actual conducción política uruguaya existe, si no un determinismo, una red de condicionamientos que se van creando naturalmente para avalar el reconocimiento al liderazgo político y económico brasilero, en tanto el mismo sea desde luego enfilado hacia el logro de la integración latinoamericana, sin hegemonías, y superando asimetrías.
Brasil, bajo su actual conducción política, es un país que está para cosas importantes. Sea en política, sea en comercio, o en ambas cosas interrelacionadas, como lo ha demostrado la reciente visita del presidente de Venezuela y el acuerdo para construir una enorme refinería de petróleo cerca de la frontera entre ambos países. Habiendo ido a observar el desarrollo de los cultivos de caña de azúcar y fundamentalmente las destilerías de alcohol adosadas a los ingenios azucareros, en los estados de Pernambuco y Paraiba, pudimos calibrar, en la prensa de Recife, cómo los brasileros saben separar lo principal de lo accesorio.
La próxima visita de Chávez, encabezando una numerosa delegación gubernamental y empresarial, era, junto con la apreciación del real frente al dólar, en un porcentaje de 17.59%, las noticias que acaparaban los titulares de los medios por aquellos días.
El gobierno brasilero logró finalmente importantes acuerdos económicos, como el referido, acercando de paso a Venezuela al Mercosur y logrando asimismo poner por un rato en la misma bolsa a Chávez y a los empresarios enfrentados. Pocos días antes Lula habría logrado de Duhalde la abstención argentina en la condena a Cuba (previo a los fusilamientos, desde luego). Ejemplos los antedichos reveladores de la dinámica brasilera actual en latinoamérica.
Llegados a nuestro querido pequeño y cada día casi más insignificante país, nos encontramos con que, por esos días, dos asuntos habían ocupado la atención de la aldea: uno la visita de Batlle a Bush, el otro, la discusión política y parlamentaria acerca de si Fidel Castro es o no es un asesino.
Obviamente, ni Lula ni ningún gobernante de un país en serio –salvo sus aliados bélicos– podía visitar, inmediatamente después de la masacre en Irak, al presidente norteamericano.
En cuanto a Cuba y su régimen, el PT, hoy partido en el gobierno, ya había expresado orgánicamente por boca de Marco Aurelio García –principal asesor de Lula– hace muchos años, en 1990, en oportunidad de la realización del Primer Foro de San Pablo, su posición claramente contraria a la existencia de un partido único y a la ausencia de libertades públicas en la isla. Posición que quien esto escribe tuvo el honor de compartir en solitario, integrando una numerosa y representativa delegación del Frente Amplio del Uruguay. De modo que este es un tema laudado dentro del ámbito político brasilero.
Es más, Fidel Castro logró la unanimidad dentro del PT contra él –aún de sus tendencias más radicales–, cuando hace tres o cuatro años elogió los acuerdos del entonces presidente Fernando Enrique Cardoso con el FMI, llegando Castro a ser calificado de «poster» por José Dirceu, presidente del PT. No obstante, Brasil siempre se va a abstener –como hasta el momento– en las votaciones internacionales relacionados con Cuba marcando su independencia. Salvo, desde luego, que se sigan cometiendo barbaridades.
Sería más productivo en nuestro país que el fervor puesto para descalificar a Batlle por su viaje a EEUU y para discutir sobre el régimen cubano, fuera puesto al servicio de la búsqueda de caminos de salida de la crisis comenzando por el aporte de ideas concretas, por parte de partidos políticos y organizaciones sociales, susceptibles de ser estudiadas y llevadas a la práctica de inmediato, aún cuando parecieren al principio irrealizables.
Entre esas ideas lo relativo al intercambio comercial con Brasil adquiere hoy máxima importancia, y como tal debe ser abordado por Estado y particulares.
Venderle, aprovechando la situación cambiaria, y comprarle lo que podamos aún en detrimento de otros proveedores habituales. Privilegiar la relación con Brasil –y también por supuesto con Argentina– en todos los ámbitos debería ser nuestro destino. *
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