En defensa de nuestra agua
Parecería que el tirón de orejas amistoso y hasta cariñoso que di en el artículo anterior no surtió efecto, y los defensores de la tercerización o extranjerización del agua en el periódico caganchero insisten en poner banderas imperiales gringas en territorio acuoso oriental.
Argumentan que con el mismo criterio de mantener el agua en manos estatales, se tendría que estatizar la enseñanza, la salud y los alimentos, que son igualmente esenciales para el ser humano. Ingeniosa comparación pero prácticamente irrealizable en los hechos. A la bestia imperial le importan un perfecto corno las mutualistas fundidas o la salud maltratada de los uruguayos. No es negocio redituable para ellos; acá se maneja, en el interés de las multinacionales, sólo lo material; lo mismo la enseñanza, ya que la mencionan. ¿Qué puede ganar Bush poniendo escuelitas en el Uruguay? No es precisamente la vocación cultural o intelectual que inspira al sheriff yanqui. Es obvio: tampoco sería negocio. Para los alimentos, lo mismo; un mercado liliputiense como el uruguayos para EEUU y sus multinacionales no justifica que los grandes bloques pierdan el sueño.
Pero sí el agua. Hay en nuestra superficie y en nuestro subsuelo depósitos de la mejor agua potable del orbe para más de 200 años surtiendo al mundo entero. Me decían árabes amigos que el petróleo de Irak llegaría a satisfacer los mercados cuando mucho para escasos cien años, después de lo cual se agotarían las reservas. Nosotros duplicamos en agua potable el petróleo iraquí, sin perjuicio de la renovación natural, que es más simple que la del petróleo, el cual necesita millones de años para formarse. O sea que, aunque cause escepticismo económico decirlo, es mucho más importante para la vida el agua que el petróleo.
La humanidad existió hasta hace poco más de cien años sin necesidad de petróleo, y vivió sin mayores sobresaltos. Desde los albores del mundo en cambio, no se puede vivir sin agua potable, que ya empezó a escasear. Y eso sí le interesa a la bestia imperial insaciable yanqui. ¿Me explico? Chochos de la vida, alegan, además, desde las páginas cagancheras, que para cuidar el agua se creó un Ministerio con sus normas muy «competitivas» como la Ley 17.283 y un Código de Aguas.
Me sospecho que nos toman por ingenuos o imbéciles. ¿A quién quieren engañar o convencer que con códigos y leyes incluyendo ministerios, van a parar la voracidad imperial y sus multinacionales si ya desde adentro les están abriendo las puertas prácticamente, y además, lo anuncian? Es obvio que el tal código con el ministerio correspondiente y sus leyes, en las primeras de cambio el gobierno de turno con tal de agarrar la guita de las tercerizaciones, terminan como la guitarra del inmortal tango de Pascual Contursi, colgadas en el ropero. ¿Nos creen idiotas o tal vez piensan que no los conocemos?
Agregan que no hay ataques, salvo el que se hace contra las napas superficiales del sur contaminadas por «vivos» industriales y particulares.
Y eso es cierto. Pero los vivos a que se refiere la barra caganchera tienen que ser fácilmente controlables por parte de la propia OSE con la elemental ayuda de las intendencias y la policía. ¡Que lo hagan, pues! Pero eso no jusitifica entregar el agua. Y en cuanto a la inexistencia de ataques referidos, aun no es necesario que sean evidentes cuando, ya lo he dicho, hay gente que les facilita la operación de entrega sin desgastarse de parte de los vivos capitalistas foráneos. O sea, ataques disfrazados.
Se simplifica entonces, con el argumento de que es preferible un Estado chico y fuerte que satisfaga a los más desamparados y no uno grande que no dé servicios buenos y baratos. Pregunto: ¿cómo carajo hago para que un Estado chiquito y petizón pueda ser fuerte, barato y eficiente? No subestimo a los petizos, pero si no se defienden, los grandotes se los terminan fagocitando.
Justamente hoy tenemos un Estado en vías de achique y cada vez más enclenque. Yo no soy estatista, pero tampoco tonto como para regalar riquezas y recursos que son remunerantes y prósperos. Que vengan capitales extranjeros a levantar organismos deficitarios o a instalar fábricas e industrias dando trabajo en base a producciones nacionales controladas por un Estado eficiente, me parece espléndido.
Pero ni al que asó la manteca se le ocurre obsequiar las joyas de la abuela, por más que don Jorge me quiera convencer jurando que su amigo Bush salvó a Europa tratando de romper el Mercado Común como lo está haciendo, a las Américas después de más de setenta intervenciones a sangre y fuego en los últimos cien años, que «liberó» a Irak de armas de exterminio masivo generosamente masacrando a su pueblo y quedándose con el petróleo, de paso, y por supuesto protegiendo «desinteresada y fraternalmente» al Uruguay y su agua.
Si alguien se cree todo esto, se cayó de la cuna. No me gusta ni es de nacionalistas entregar riquezas y recursos patrios –que serán la salvación económica futura de la nación– al gringo capitalista imperial. ¡El agua es uruguaya! *
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