El verdadero combate contra la pobreza
Recientemente, la población se vio sacudida por una noticia desgarradora: la muerte de tres niños de corta edad como consecuencia de carencias alimenticias graves.
La noticia fue impactante y conmovió a toda la sociedad, pues en cierto modo vino a confirmar lo que ya todos sabíamos por medio de cifras y estadísticas: el deterioro abrumador de las condiciones de vida de la población; el crecimiento exponencial de la pobreza y de la marginación; y la certeza de pertenecer al Tercer Mundo.
Porque detrás de esas muertes de inocentes-inconscientes hay toda una brutal realidad de hambre crónica, de desamparo criminal. Ya a esta altura son varias las generaciones de uruguayos excluidos, y estos niños desnutridos de hoy no son producto de la crisis brasileña, del efecto tequila o del crac argentino; son hijos y nietos de uruguayos víctimas de un modelo despiadado.
Ante la infausta realidad, la reacción gubernamental no se hizo esperar. El viernes 25 –dos días después de las muertes por desnutrición– el gobierno se apresuró a conformar una comisión especial encargada de coordinar las acciones necesarias para implementar políticas sociales de manera de mejorar la alimentación de la población carenciada.
Enhorabuena. Las autoridades se muestran receptivas a un clamor generalizado desde la oposición y desde organizaciones sociales que reclamaban desde hace ya bastante tiempo sensibilidad ante la angustiante situación que viven cada vez más compatriotas. Se anunció la intención de incorporar nutrientes extra a los alimentos de distribución masiva como leche y harinas, a las que se adicionará hierro y vitaminas. Se proyecta asimismo ampliar la atención en los comedores escolares de modo que los niños no se vean privados de la comida que allí se brinda durante los días feriados y las vacaciones.
Reiteramos: no está mal que el gobierno tome conciencia de las urgencias de vastos sectores de la sociedad y se disponga a resolverlas. Sin embargo, las llamadas «políticas sociales» –que no son otra cosa que políticas asistenciales– no pueden en modo alguno combatir las causas del hambre y la marginación. Un gobierno no debe limitar su acción a la caridad sino que debe encarar con firmeza medidas tendientes a atacar el origen del mal social.
Las políticas sociales, la asistencia a los más necesitados, todas medidas paliativas, deben ir acompañadas de medidas de fondo que fomenten el empleo y mejoren el nivel de salarios. Sólo así será posible combatir la pobreza y la exclusión de que son víctimas los uruguayos.
Claro que mientras el gobierno siga aferrado a este modelo económico concentrador y excluyente, toda iniciativa en el sentido de generar empleo y mejorar el salario será rechazada tajantemente por atentar contra los sagrados principios liberales que quieren dejarlo todo librado a la regulación del mercado. *
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