La pena de muerte y una premonición de Kafka
No pretendemos en lo más mínimo con esta nota inmiscuirnos en lo que es de competencia de los críticos de literatura y de teatro de este diario, sino apenas recomendar a quienes aún no hayan leído el relato de Franz Kafka En la colonia penitenciaria, que lo hagan, y a quienes no hayan presenciado la adaptación de esa obra realizada y dirigida por Nelly Goitiño con la Agrupación Teatral Trenes & Lunas, que vayan a verla en la sala montevideana Puerto Luna, donde está en cartel desde el 14 de febrero.
El relato de Kafka fue publicado en 1919, pero ya había sido escrito en 1914, o sea que precedió –en algunos casos en muchos años– a varios de los grandes acontecimientos históricos de la primera mitad del siglo XX, entre los que elegimos un poco al azar la revolución soviética de 1917, el nombramiento de Mussolini como jefe del gobierno de Italia (1922), la designación de Hitler como canciller de Alemania (1933), la revolución comunista china (1949) o la revolución cubana de 1959. Kafka pareció ver con una lucidez enorme en el lejano 1914, muchos sucesos que acaecieron posteriormente. Decía Milena Jesenká en un trabajo publicado el 6 de junio de 1924, apenas tres días después de la muerte de Kafka, que este «era un hombre y un artista de conciencia tan escrupulosa que hasta se mantenía alerta allí donde los otros, los sordos, se sentían seguros» (citado por Klaus Wagenbach, «Kafka», Madrid, Alianza Editorial S.A., 1970, pág. 177).
En En la colonia penitenciaria está el espíritu con el que Kafka escribió la mayoría de sus obras: «una sed infinita de independencia y de libertad en todos los dominios», según decía en sus Diarios (1910-23). En la obra a la que nos referimos en este artículo hay sólo cuatro personajes: el oficial, el condenado (a muerte), el soldado y un visitante (un extranjero al parecer encargado de realizar un informe sobre la situación del país donde tiene lugar la acción, quizá un precursor de los inspectores de la ONU, aunque a él se le había permitido sin resistencia la entrada, y hasta la concurrencia a la colonia penitenciaria. El oficial (militar) era a la vez juez y verdugo, había juzgado al condenado y se preparaba a ejecutar la pena valiéndose de una máquina infernal. El condenado era un soldado que debía hacer guardia en la puerta de la casa de un capitán de quien era centinela y criado, con la obligación de levantarse al sonar cada hora y hacer la venia ante la puerta. Exactamente a las dos de la madrugada el capitán, para comprobar si el soldado cumplía su deber, se asomó y lo vio dormido en el suelo. Llegada la mañana, el capitán acusó a su subordinado ante el oficial.
Este último cuenta que, presentada tal denuncia, tomó nota de la declaración del capitán y –lo dice de manera textual– «dicté la sentencia inmediatamente», y porque si hubiera interrogado al acusado «sólo habrían surgido confusiones». El condenado ni siquiera conocía la sentencia, porque «habría sido inútil anunciársela», «ya que la sabría en carne propia», expresa el oficial. Es más: el denunciado ni siquiera sabía que había sido condenado, y no se le había dado «ninguna oportunidad de defenderse», todo lo cual el oficial pretende justificarlo con estas palabras: «la culpa es siempre indudable«. Por lo tanto, cualquier demora habría sido un inútil formalismo.
Lo realmente indudable es que en el país en que se desarrolla En la colonia penitenciaria el procedimiento judicial nada tenía que ver con principios de derecho penal y de derecho procesal tan esenciales como ineludibles bajo ningún pretexto válido: los principios del debido proceso, de la congruencia entre la gravedad de la pena y la entidad de la falta cometida, y de la prohibición de la pena de muerte como corolario del derecho a la vida.
En determinado momento el oficial no oculta su desprecio hacia el extranjero, refiriéndose en tono irónico a lo que, según el militar, el visitante haría pensar a otras personas: «Un famoso investigador europeo, enviado a estudiar el procedimiento judicial en todos los países del mundo, acaba de decir que nuestra antigua manera de administrar justicia es inhumana» (recientemente, nada menos que José Saramago, por algo que había escrito en el diario madrileño El País, también fue «acusado» de «europeo«.
En el programa de la representación teatral referida al principio de esta nota, Nelly Goitiño dice que En la colonia penitenciaria es un «texto profético que parece advertir la segura reiteración de lo terrible en la misma medida en que (…) no seamos capaces de asumirlo e impedir su regreso». La obra de Kafka no da el nombre de ninguno de sus personajes ni la ubicación del país en que la acción ocurre, lo que refuerza la universalidad e intemporalidad de su enfoque. No obstante, ese país –como ya se pudo apreciar– no está en Europa, se encuentra en «el trópico«, es una isla (lo menciona el oficial al visitante en uno de sus diálogos ) y la colonia penitenciaria que da título a la obra se halla en una ciudad portuaria (ver al final del relato), aparentemente la capital de la isla. Puede interpretarse que ésta se halla en el Atlántico, en el Pacífico, en el Indico, en el Caribe (¿por qué no?), etcétera. ¿Tenía Kafka poderes parapsíquicos que hacían de él un vidente? *
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