Batlle y "el amigo americano"

«Hoy Estados Unidos es una superpotencia que carece de poder real, un líder mundial al que nadie sigue y pocos respetan, una nación que deriva peligrosamente en medio del caos global que no puede controlar».

I. Wallerstein, La Jornada 19-4-03

 

Nadie ha pretendido en el país que, enfrentados como estamos a tantos problemas económicos, la diplomacia uruguaya asuma una actitud quijotesca, de declaraciones y desplantes espectaculares condenando la política exterior llevada adelante por los Estados Unidos y sus (escasos) aliados en la campaña contra Irak.

Se trata apenas de actuar con prudencia y en concordancia con ciertos principios  respeto a la autodeterminación de los pueblos, busca de entendimientos pacíficos para dirimir los conflictos entre las naciones, fortalecimiento de los organismos internacionales, entre los más cuestionados en los episodios recientes.

No es eso lo que indican todos los últimos gestos diplomáticos de la política exterior uruguaya.

Un conjunto de circunstancias develadas después de culminada la invasión a Irak han tendido a cuestionar seriamente la legitimidad de la acción bélica de las tropas anglo-americanas: obtenida la victoria no han aparecido los menores rastros de la tenencia, por parte del execrado régimen de Saddam Hussein, de las famosas armas de destrucción masiva que amenazaban, al decir de Bush y sus colaboradores, la seguridad de los Estados Unidos. Tampoco se ha avanzado en probar los supuestos vínculos que unirían al régimen de Saddam con los responsables de los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001.

La instalación en la mesopotamia de un gobierno militar presidido por un hombre del elenco de los halcones que rodean a Bush se ha convertido, con una intensidad inesperada, en un factor de irritación creciente para la enorme masa de chiítas que habitan Irak y que hasta ahora, bajo Saddam, no habían podido manifestarse.

La presencia militar norteamericana, los planes de reconstrucción con contratos de obra reservados para las elites empresariales del entorno presidencial, han sido fuente de irritación manifiesta incluso para algunos de los amigos más estrechos de las potencias invasoras.

Si este cuadro resultara todavía poco significativo las amenazas formuladas a Siria, otra nación enclavada en la zona caliente del conflicto árabe israelí, ha colocado en el tapete un interrogante que suscita comprensible angustia: ¿después de Siria, quién? ¿Cuándo se detendrá la desbordante presión norteamericana?

En una reflexión reciente el eminente historiador norteamericano Inmanuel Wallerstein ha sostenido que «la decadencia de los Estados Unidos en el sistema-mundo es estructural, no coyuntural… Esta decadencia tiene dos componentes esenciales. Uno es económico y el otro es político cultural». El económico, dice el analista, es bastante simple: en términos de capacidades básicas, capital disponible, habilidades humanas, investigación y desarrollo, Europa occidental y Japón-Asia oriental están en un nivel competitivo con los Estados Unidos. La ventaja monetaria estadounidense –el dólar como divisa de reserva– está disminuyendo y desaparecerá probablemente muy pronto. La ventaja de EEUU en el terreno militar se traduce en desventaja de largo plazo en la esfera económica, ya que desvía capital e innovación de las empresas productivas.

El historiador culmina su reflexión afirmando que «el poder militar nunca ha sido suficiente en la historia del mundo para mantener una supremacía. Es esencial la legitimidad, al menos una reconocida por una parte significativa del mundo. Los halcones estadounidenses han dinamitado muy fundamentalmente el alegato de que Estados Unidos cuenta con legitimidad. Y como tal lo debilitaron irremediablemente en el área geopolítica». *

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