Avatares de la democracia argentina

«Si estuviéramos en la Argentina de los años 40, 50 o 60 no estaríamos hablando de primera ni de segunda vuelta electoral sino de un triunvirato militar».

Sociólogo Juan Carlos Portantiero para el matutino Clarín, 20-4-03.

 

El próximo domingo 27 se celebrará en Argentina la primera vuelta de la elección presidencial. Se dará así un paso importante en el proceso de recomposición de la estabilidad institucional, después del sorprendente derrumbe del gobierno de la Alianza presidida por Fernando de la Rúa en medio de unas extendidas e inéditas movilizaciones populares.

El ciclo fulminante de ascenso y caída del gobierno de coalición de centro izquierda, el regreso con Eduardo Duhalde, del peronismo al poder y la convocatoria a elecciones hace evidente una vez más el ritmo de aceleración histórica que suelen tener los procesos políticos en el país vecino. Aceleración histórica que, por lo demás, suele no ser contradictoria con la permanencia y gravitación de sustantivos factores de carácter conservador.

Un primer rasgo que parece caracterizar a la actual campaña electoral parece ser el de una marcada apatía popular. Esto se refleja no solo en la ausencia de grandes asambleas cívicas sino en todas las encuestas y sondeos realizados por la prensa o empresas especializadas.

En segundo lugar, el proceso electoral se desarrolla en medio de una gran división de los dos partidos tradicionales de Argentina, el peronismo, al que declaran pertenecer al menos tres de los más activos candidatos (Kirchner, Menem y Rodríguez Saá) y el radicalismo, también escindido en al menos tres opciones, Moreau, Carrió y Ricardo López Murphy. Después de la derrota de la Alianza, la izquierda no ha logrado recomponer su unidad y armar una candidatura con un respaldo medianamente significativo.

Como ha hecho notar más de un observador, la sociedad argentina ha pasado de la consigna «que se vayan todos» a la reaparición de una buena parte de los mismos líderes y estilos, en algunos casos extremadamente desgastados, del período anterior.

En el ínterin, en el curso de los últimos años la economía y la sociedad argentina ha experimentado una serie de cambios de enorme importancia.

En 2002 la economía argentina se achicó 11%, pero no todos los sectores sufrieron por igual el ajuste: los que menos ganan se llevaron la peor parte, ya que sus ingresos fueron los más afectados por la inflación y la devaluación.

Según datos del Indec para Capital y Gran Buenos Aires divulgadas por la prensa bonaerense en enero de este año, en 2002 el 10% más rico de la población recibió el 38,8% de los ingresos totales. Mientras, al 10% más pobre le correspondió apenas el 1,3%. Así, la distancia que separa los ingresos de los más ricos de los más pobres se amplió a 29,8 veces. En octubre de 2001 esa brecha era de 28,7 veces. Y en 1974, cuando el Indec comenzó con este relevamiento, era de apenas 12,3 veces.

Comentando las perspectivas de gobernabilidad para el futuro, el sociólogo J.C. Portantiero ha enfatizado acerca de lo que llama la «irrepresentatividad de la política», donde «aparece una suerte de efervescencia inicial de la sociedad, que luego se encapsuló,… se privatizó, se hizo cada vez menos colectiva». En este momento, concluyó, «hay una política vaciada de sociedad y una sociedad vaciada de política».

Es de esperar que el ciclo que ahora se inicia contribuya a decantar posiciones electorales y políticas, que la segunda vuelta del balotaje consista efectivamente en una verdadera opción entre alternativas claras y distintas y que, finalmente, cuando se complete el ciclo de las consultas populares, con la elección de un nuevo Congreso y nuevos gobernadores, Argentina esté en condiciones de recobrar una estabilidad política que contribuya a afianzar el proceso de recuperación económica que se insinúa, todavía muy débilmente, en el plano económico. *

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