Orígenes de un imperialismo

El imperialismo estadounidense se expresa en la actualidad, según todos sabemos muy bien, con sus rasgos más brutales. Pero lo cierto es que dicha expansión ya comenzó poco después de formalizarse la independencia de EEUU en el tratado que firmó con Inglaterra en 1783. Por lo tanto, ese imperialismo no es una novedad de los tiempos que corren, ni se inició al término de una de las dos guerras mundiales, ni tampoco al comenzar el siglo XX. Es un fenómeno mucho más antiguo.

En 1803 (obsérvese bien: hace exactamente doscientos años) aprovechando el comienzo del fin del imperialismo francés en América (pérdida de Haití y fracaso del intento reconquistador de Napoleón), EEUU compró a Francia la Luisiana; luego compró la Florida a España, que estaba entonces bajo el funesto despotismo de Fernando VII (1821); y en 1867 compró Alaska a la Rusia zarista. Entretanto, en carácter de corolario de diversos acontecimientos históricos sucesivos y de una guerra desigual, sucedió el apoderamiento por EEUU de la Alta California, Texas y Nuevo México, luego de una secuencia de hechos acaecidos entre 1836 y 1848, como resultancia de los cuales México perdió gran parte de su territorio.

Pero hubo un fenómeno muy particular, que se extendió sin tregua durante la mayor parte del siglo XIX: la expansión estadounidense hacia el oeste. A diferencia de los países europeos, que ya estaban en apariencia superpoblados, EEUU tenía, al oeste de la escasa extensión originaria que abarcaban las trece colonias inglesas cuya independencia se reconoció en 1783, un inmenso territorio abierto, parecido a un subcontinente.

Sin embargo, debemos detenernos en un «detalle»: aquellos espacios enormes y abiertos no estaban vacíos, porque allí vivía casi toda la población indígena nativa. No obstante, como se consideraba que los referidos espacios sólo estaban constituidos por un ambiente natural, los indígenas no eran más que los árboles y las rocas. Unicamente cabía, pues, expulsarlos o eliminarlos, y así se hizo mediante una guerra continua. Los nativos, por esa razón, jamás fueron incluidos en la sociedad sino –los que sobrevivieron– mantenidos completamente al margen de ella, en lo material y lo jurídico: no eran personas de la especie humana. No interesaban siquiera como mano de obra, por lo que su exclusión fue, al menos en ese aspecto, mayor que la de los negros esclavos (Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Buenos Aires, Paidós, 2002, páginas 161 y siguientes).

Esta fue la época «gloriosa» en la que se ubicó el gran caudal de los filmes del género western, en los cuales los colonizadores blancos siempre triunfaban porque eran buenos y civilizados, al contrario de los indígenas, que eran malos y salvajes. Recién desde la precursora película La flecha rota, de Delmer Daves (1950), seguida durante unos dos decenios por directores como San Peckimpah –de ascendencia indígena–, Arthur Penn y demás realizadores que adoptaron una línea renovadora, el mito «heroico» del western anterior fue sustituido por versiones más fieles de la realidad histórica: así se mostró que los indígenas fueron las grandes víctimas de la colonización «épica», que los robó y mató sin detenerse a pensar si eran o no seres humanos (claro, ya vimos que no eran más que los árboles y las rocas).

Mas llegó un momento en que se vio que los enormes espacios no eran ilimitados, y el éxodo debió detenerse poco a poco. Al mismo tiempo, el capitalismo de EEUU crecía aceleradamente, y se formaban grandes fortunas en grupos de personas que constituían una mezcla impura de empresarios, especuladores, estafadores y gángsters. Pese a ello, hacia la misma época las reivindicaciones sindicales y los conflictos sociales muy graves demostraban que la lucha de clases no era exclusiva de la vieja Europa, y había desembarcado en las costas estadounidenses.

Se advirtió entonces la conveniencia de rectificar el rumbo de la expansión imperialista, dirigiéndola hacia el extranjero. Aconteció así la guerra contra España de 1898, con el resultado de la «independencia» de Cuba y Filipinas, que quedaron bajo la «protección» de EEUU. En el mismo año, el archipiélago de Hawai fue sometido a la pujante potencia imperialista. Pocos años más tarde se desmembró a Colombia por la «independización» de Panamá mediante el uso de la fuerza, la intriga y los servicios del aventurero francés Philippe Bunau-Varilla, para poder construir lo que sería el famoso canal interoceánico y colocarlo bajo la soberanía estadounidense «a perpetuidad», según establecía textualmente el tratado entre EEUU y Panamá que se firmó enseguida del desmembramiento de Colombia. Este tratado fue suscrito, en representación de Panamá, por el ciudadano francés antes nombrado (!), quien era ingeniero jefe de la compañía de Ferdinand de Lesseps (el constructor del Canal de Suez), y por ello estaba tremendamente interesado en que la construcción del nuevo canal se concediera a la empresa que integraba. En suma, ya se había puesto en plena marcha la política «del garrote» de quien fue presidente de EEUU entre 1901 y 1909: Theodore Roosevelt, republicano él, como Bush padre e hijo.

Pero ya acabamos de penetrar en el siglo XX, pese a que en el título de esta nota nos propusimos tratar sólo los orígenes del ya bicentenario imperialismo estadounidense. Por ello, finalizaremos citando al escritor James Ellroy en el prólogo de su novela de 1995 titulada América (Barcelona, Ediciones B., SA, 1999, página 7): «El país nunca fue inocente. Los norteamericanos perdimos la virginidad en el barco que nos traía y desde entonces hemos mirado atrás sin lamentaciones. Pero no se puede atribuir nuestra pérdida de la virtud a ningún suceso o serie de circunstancias en concreto. No se puede perder lo que no se ha tenido nunca». *

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