El pragmatismo de Batlle
¿El pragmatismo puede sobreponerse a elementos esenciales que han hecho a la tradición de las relaciones externas de nuestro país? Esta interrogante nos la debemos plantear, porque la propuesta realizada por Uruguay ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, es justificada por el gobierno en las necesidades económicas del país, en la necesidad de mantener una relación amistosa con el gobierno de los EEUU, para que el país del norte siga mirando a Uruguay de buena manera y aceptando, claro está, la posición dispendiosa de los organismos multinacionales de crédito.
No es un tema fácil, pero necesariamente debe ser abordado, porque el país, luego de la lamentable conducción económica que ha existido durante los dos últimos gobiernos colorados, se encuentra en una situación extrema, con una caída del PBI que se mantiene, un déficit fiscal que se mantiene en los insoportables niveles, todo ello con consecuencias sociales abrumadoras.
Parece en primer lugar que el gobierno del doctor Jorge Batlle, que emprendió un «significativo» viaje a EEUU con el fin implícito de dar su apoyo al primer mandatario del norte, George W. Bush, especialmente luego de su «campaña» contra Saddam Husseim, pero explicitando una paralela gestión para lograr el aumento de la cuota del ingreso de carne al país del norte.
Uruguay, durante una importante etapa de su historia democrática, mantuvo una política exterior, con altibajos que se podrían discutir, pero dentro de un lineamiento general que podría ser considerado como «de Estado». En términos generales todos los sectores políticos, más allá de sus diferencias en los más diversos temas, coincidieron en sostener al derecho de autodeterminación de los pueblos y de no intervención de los asuntos internos de otros países. Un basamento ético que fue mantenido hasta la finalización del anterior gobierno. Sin embargo luego de la asunción de Jorge Batlle, esa política «de Estado», se modificó, por una política que podríamos definir como «pragmática», que rompió totalmente con el equilibrio nacional en torno a las relaciones internacionales.
Batlle prefirió la declaración estentórea a la previa consulta, el desplante espontáneo al camino meditado producto de las consideraciones que fueron construyendo nuestro relacionamiento con el exterior. Prefirió sorprender antes que consolidar, destruir antes que construir. Así ocurrió con sus críticas al Mercosur, con sus declaraciones sobre el interés de concretar un acuerdo comercial bilateral con EEUU, con sus desplantes contra Argentina, que se convirtió en uno de los papelones más vergonzosos de las relaciones internacionales del país.
Luego vinieron las relaciones «carnales» con el presidente Bush, la primera moción de Uruguay contra Cuba y el rompimiento de relaciones con la isla luego de una serie de infrecuentes improperios mutuos y, este año, la reiteración de la moción, desechando todos los «consejos» internos e, incluso, los trabajos técnicos de los servicios especializados de la Cancillería.
Barrer con toda una tradición del país, provocando la ruptura de una política de Estado, con las consecuencias que ello tiene, para mantener un interlocutor válido en el norte, ¿es positivo para los uruguayos? ¿Hacerlo además, cuando el interlocutor es nada menos que George W. Bush, cuyas reacciones hacia Uruguay han sido contradictorias y que es impulsor de dos guerras que han provocado un drama humano de enormes proporciones?
¿Son todavía interrogantes a despejar? *
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