Los niños de la guerra
Desde el pasado 20 de marzo –que posiblemente también pase a la historia como otra fecha infame– las fuerzas aliadas compuestas por Estados Unidos de Norteamérica y el Reino Unido, con el apoyo del gobierno de España, han puesto en marcha su infernal poderío armamentístico y militar sobre Irak, en procura de «las armas de destrucción masiva» del régimen de Saddam Hussein. Pero hasta el momento no han dado con ellas.
En cambio, sí han hallado a su paso civiles y la mayoría de ellos desarmados. En ese marco, día tras día las agencias de noticias informan sobre la muerte de civiles, entre ellos niños, y sobre la existencia de cientos de heridos durante los bombardeos angloestadounidenses. Un ejemplo de ello fue el informe de la agencia de noticias Ansa en el que se daba cuenta de un ataque a Hillah, una provincia de Babilonia al sur de Bagdad, en el que habían perdido la vida 36 civiles muchos de los cuales eran niños.
Desde EEUU se ha justificado la masacre con el argumento de que la muerte de civiles «es irremediable». Pero en realidad, siempre lo evitable es la guerra. El mundo entero hoy debería estar apesadumbrado y avergonzado por la muerte de tantos niños iraquíes o por las irreversibles lesiones que a otros les han perpetrado, y comprender que no se trata de la muerte lejana de niños desconocidos, porque la niñez es la misma más allá del tiempo o del espacio. Es la misma en Uruguay, Irak o en Estados Unidos. La niñez es la inocencia que el poder no debe siquiera atreverse a tocar y que la guerra ha demostrado que no distingue, porque no hay «armas inteligentes» o «fuego amigo», sino que todas son de destrucción y no importa en poder de quién se encuentren.
La humanidad, a partir de la Segunda Guerra Mundial, ha dicho nunca más Hiroshima y Nagasaki, pero sigue acumulando horrores y masacres sobre sus espaldas. Este nuevo siglo debería ser el de la cultura de la paz, pero mucho me temo que ya haya perdido su turno, pues los dados ya están en juego.
Al final de este proceso, quizás el pueblo iraquí resulte «liberado del régimen de Hussein», pero estoy seguro de que nunca podrá ser rescatado del dolor atroz que las fuerzas occidentales están provocando al dejar, con sus armas, niños mutilados, calcinados, muertos.
Si aún una esperanza le queda al género humano, ella puede ser que las nuevas generaciones sean educadas para transformarse en un verdadero «instrumento» de la paz. *
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