El imperio, "los disidentes" y los derechos humanos en Cuba

Cuando George Orwell escribió 1984, no podía imaginar que su futuro mundo ficticio dividido en tres grandes estados totalitarios quedaría reducido a sólo uno con sólo un dictador: Mr. Bush y que la neolengua, idioma oficial de sólo uno de los tres grandes, se convertiría en el idioma oficial universal que, repetido hasta el cansancio por el stablishment, por algún que otro político «de izquierda», por los periodistas a sueldo y por los periodistas ingenuos pugnaría por convertirse en verdad absoluta.

Es cierto que Mr. Bush, la versión moderna del Gran Hermano de Orwell, en su obsesión de dominar el mundo, ha asignado a sus cortesanos y amanuenses las tareas del mantenimiento del imperio: a unos (Blair, Aznar) los utiliza como punta de lanza para legitimar la agresión a Irak; a otros los usa para justificar la futura invasión de una nación soberana y hace que su presidente, en un claro acto de traición a la patria solicite la intervención militar de su país, Colombia; todavía algunos otros pueden ser designados presidentes, como Karzai, para dar visos de legalidad a la ocupación de un país masacrado como Afganistán (pronto tendremos otro «presidente» en Irak). También es cierto que Mr. Bush cuenta con asesinos a su servicio –como Sharon– y aún de dictadorzuelos como el venezolano Carmona; con más de un Menem como incondicional impulsor del ALCA y de la anexión latinoamericana; con uno que otro Felipillo capaz de renunciar a la ética y los principios y, no podía ser de otra manera, con funcionarios diplomáticos acreditados en Cuba como Mr. Cason, cuya función encomendada por la Cuban American Foundation (sólo en inglés) sea la creación de un partido anexionista: el «Partido Liberal Cubano», para lo cual dispone de los dólares suficientes para comprar conciencias y sobornar a la escoria.

Y como lo anterior no basta, el mesianismo bushiano (que queda sintetizado en la frase: el Mesías soy yo) amenaza con la guerra a Corea del Norte, a Irán, y a Siria y con sanciones económicas a México y a Chile; chantajea a sus socios menores como Turquía y Arabia Saudita y a los mayores como Francia y Alemania, aunque estos últimos, en actitud servil, junto a otros como Chile y Uruguay ni siquiera se atrevan a considerar las violaciones de los derechos humanos Made in USA en Irak.

Así, como el imperio –y el presidente Bush ha sido sólo el enemigo más virulento de la independencia de Cuba de todos los presidentes norteamericanos– ha podido someter a casi todos los gobernantes del mundo globalizado, su soberbia le impide admitir la existencia de Cuba, libre, soberana e independiente a sólo 90 millas de sus costas.

Y no puede perdonar Mr. Bush que el bloqueo económico, luego de 44 años, no pudo poner de rodillas a los cubanos; que la invasión de la Bahía de Cochinos fuera convertida en Victoria de Girón; que los CDR pusieran fin a los atentados y a las bombas y que los «guerrilleros alzados» –en realidad «come vacas» asesinos– fueran juzgados y sancionados. Resulta además imperdonable para Mr. Bush que los «intelectuales», «disidentes» y «periodistas independientes», en realidad el intento de establecer una «quinta columna» en la isla, hayan sido y sigan siendo tratados con apego a las leyes cubanas, que castigan con severidad a los que, bajo cualquier disfraz, hagan causa con un gobierno extranjero en contra de su patria y se conviertan en mercenarios financiados por el presupuesto norteamericano con partidas que, oficialmente, son asignadas para subvertir el orden en la isla. Para este fin, y de manera abierta, se han enviado a Cuba en los últimos tiempos unos 22 millones de dólares, aunque las propias autoridades estadounidenses reconocen que su mayor aporte a la subversión se hace por vías secretas.

Por supuesto que es imposible en una breve nota como esta hacer siquiera un resumen de las realizaciones de Cuba en materia de derechos humanos (civiles, políticos, económicos, sociales y culturales) aunque quizás todo ello pueda resumirse en que, luego de 44 años de incesante lucha, se haya reducido la mortalidad infantil a menos de siete por cada mil nacidos vivos en el primer año de vida y elevado en más de 14 años la esperanza de vida al nacer, que se hayan alcanzado niveles de excelencia reconocidos internacionalmente en las áreas de la educación y la salud y que se hayan alcanzado niveles de democracia participativa inalcanzables hoy para cualquier otro país en el mundo, con una Constitución aprobada por más del 97% de la población, que se cumple integramente, y con más de 2 000 organizaciones de la sociedad civil funcionando a plenitud.

Y no sólo los cubanos sino que también muchos otros millones de seres humanos en otros muchos países del mundo se benefician de las realizaciones de Cuba: sangre cubana se derramó en la lucha por la independencia de Angola y contribuyó decisivamente a la de Sudáfrica; miles de médicos cubanos han contribuido y contribuyen, en las más difíciles condiciones, a salvar centenares de miles de vidas en los países del «Tercer Mundo», más miles de maestros y profesores cubanos han enseñado y enseñan en Nicaragua, Haití, Guatemala; otros miles de estudiantes han estudiado y estudian gratuitamente en Cuba (incluyendo a centenares de uruguayos); millones de niños han sido vacunados gratuitamente con vacunas cubanas (incluyendo a los niños uruguayos). Sólo la infamia puede negar la práctica solidaria y humanista del pueblo de Cuba para con el mundo, sólo los desagradecidos pueden no suscribir sin ninguna duda la afirmación del gobierno cubano: «no existe Gobierno alguno en el mundo con suficiente autoridad moral para proponer una condena a Cuba en la esfera de los derechos humanos».

Pero como en la neolengua bushiana la agresión a Irak es la «libertad a Irak»; a la soldadesca agresora se le llama «coalición»; a conculcar los derechos civiles del pueblo norteamericano se le denomina «ley patriótica»; al uso de la policía antimotines que dispara balas de madera, bolsas de perdigones, granadas de contusión y gases ácidos contra los manifestantes norteamericanos que manifiestan pacíficamente contra la guerra se le da el nombre de «mantenimiento del orden»; la masacre de civiles inocentes son «daños colaterales» y la Mesopotamia, cuna de civilizaciones es sólo un «rincón oscuro del mundo» que debe ser destruido, qué de extraño tiene entonces que a los que en Cuba se convierten agentes al servicio de una potencia extranjera se les denomine «disidentes», a los mercenarios se les llame «periodistas independientes» y a los indoctos en un país culto, pero capaces de usar su inteligencia para atesorar miles de dólares y vivir sin trabajar en un país de trabajadores y sin estudiar en un país de estudiantes sean convertidos en «intelectuales» por obra y gracia del dominio mediático del «Gran hijo de Bush» versión actualizada del «Gran Hermano» orwelliano.

Y hay también en Uruguay de los que sienten el «irresistible deseo que tienen ellos de tenernos a nosotros», como enemigos, al decir de Saramago en «El hombre duplicado» y, con total falta de pudor ellos, los de apellidos ilustres y los de otros sin lustre, los mismos que recortan el presupuesto de educación y salud, que obligan a emigrar a sus compatriotas en busca de una vida digna en un país mucho mayor pero con apenas un tercio de la población de Cuba y que no ha padecido un bloqueo económico de 44 años, que matan de hambre a sus jubilados y pensionistas y pagan salarios miserables a sus maestros y profesores y también a sus policías y soldados, que desconocen los derechos humanos de los habitantes del Barrio Borro, Cuarenta Semanas, Cerro Norte –por citar sólo algunos– los mismos que mantienen una Corte Electoral con una integración inconstitucional y son ca
paces de emitir decretos que degradan los más elementales valores para librar de la cárcel a los cómplices de la dictadura (proceso cívico   militar en neolengua) se atreven a recomendarle a Cuba que coopere con un representante impuesto por los EEUU en la Comisión de Derechos Humanos no se sabe bien (no queda explícito en el proyecto de Resolución) ni por qué ni para qué, como no sea para que el tema Cuba vuelva el año próximo a Ginebra.

Cuba defiende su soberanía, los cubanos saben (sabemos) lo que cuesta defenderla y ni uno solo de los lacayos del «Gran hijo de Bush» –desde Blair hasta los de los apellidos ilustres y los de sin ningún lustre– podrá hacer que Cuba renuncie a sus derechos inalienables. Para seguir siendo digna Cuba tiene un pueblo disidente (disidente de las ideas del imperio) que cuenta, además, con la simpatía de todos los pueblos de la tierra (incluido el uruguayo cuya amistad y solidaridad valora en toda su magnitud), tan disidentes como los cubanos. *

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