Sanguinetti pone leña a la hoguera
Las palabras pronunciadas por el líder del Foro Batllista en el acto celebrado en la noche de miércoles constituyen una novedad en el rutinario panorama político uruguayo. Una novedad inquietante.
El jefe de la fracción más fuerte y unida del coloradismo, y según todo parece indicar el próximo candidato presidencial del oficialismo, ha venido cambiando su imagen pública y la entonación de sus mensajes, cada vez más frecuentes. Y el cambio ha sido hacia actitudes más camorristas y agresivas. La elección de la figura de Pacheco es, en ese sentido, ilustrativa.
No es la primera vez que Sanguinetti brinda sus exageradas alabanzas a Jorge Pacheco Areco, el hombre que durante casi cinco años manejó la Constitución de acuerdo a sus conveniencias circunstanciales.
Como en oportunidad del fallecimiento de Pacheco, Sanguinetti no hizo ahora un discurso de circunstancias. Más bien se apoyó en la figura y la gestión de Pacheco para realizar y actualizar sus propias definiciones políticas.
Vicepresidente del general colorado Oscar Gestido, Pacheco asumió la Presidencia de la República tras el fallecimiento de aquél, el 11 de diciembre de 1967.
Su primer acto de gobierno lo hizo al día siguiente: mediante un decreto del Poder Ejecutivo, clausuró varias publicaciones e ilegalizó a seis organizaciones políticas, entre ellas al Partido Socialista.
Apenas seis meses después, Pacheco decretó las Medidas Prontas de Seguridad que le permitían toda clase de acto de gobierno prescindiendo de la opinión del Poder Legislativo.
Durante los años que siguieron, los fueros del Parlamento fueron avasallados una y otra vez por un gobierno que desplegó toda la gama de recursos autoritarios disponibles.
En un período bastante breve de tiempo se enfrentó con los principales dirigentes colorados y batllistas: Alba Roballo, Zelmar Michelini, Amílcar Vasconcellos, Manuel Flores Mora.
Gobernó con el apoyo político de la Lista 15, liderada por Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti. Clausuró por decreto todos y cada uno de los diarios dirigidos por Fasano (Extra, Democracia, De Frente, Ya, El Eco) y desacató la decisión del Parlamento que le ordenó levantar las clausuras.
Pacheco transitó, por primera vez en la historia reciente del país, el camino destinado a la intervención política de los militares en actividad. Más de una vez, cuando las protestas se intensificaban en el Parlamento, Pacheco se floreaba recorriendo unidades militares amenazando con mayor represión y más presencia de uniformados en los asuntos internos del país. A lo largo de su accidentada carrera presidencial se vio más de una vez expuesto al juicio político previsto en la Constitución y sólo la pusilanimidad de algunos sectores tradicionales evitó que ese procedimiento se aplicara.
Ahora bien, si los abundantes elogios al autoritario de los sesenta no alcanzaran, Sanguinetti se apoya en esa reivindicación para exteriorizar toda la irritación que le produce la izquierda uruguaya.
Y a partir de esto, la cuestión se vuelve más delicada.
La oposición progresista a la que fustiga con tanta saña y tanta exageración es con la que Sanguinetti tendrá que lidiar en la próxima competencia electoral. Y el veterano dirigente colorado no parece estar en la mejor forma para hacerlo en el clima de entendimiento y ánimo razonable que la situación del país exige.
Sanguinetti ha soportado muy mal el desaire que hace apenas unos días le ha hecho un conjunto de escritores uruguayos que se negaron a compartir con él un tribunal para juzgar obras literarias.
Primera espada en la defensa de la Ley de Impunidad, Sanguinetti no debería ofuscarse porque los escritores le recuerden su conducta equívoca con los violadores de los derechos humanos.
Eludiendo sus responsabilidades en el mantenimiento de la impunidad, Sanguinetti la emprende contra la izquierda uruguaya en términos de cruzado. Es un dato preocupante. *
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