La información como peligro

Otra vez desde Irak surgen los hechos aleccionadores, las bárbaras, terribles verdades de que hablaba el poeta: el Estado norteamericano en operaciones ha declarado la guerra a los periodistas.

Resultan incompatibles los anhelos de los profesionales de informar y los intereses del gran Estado terrorista embarcado en el desarrollo de una guerra de avasallamiento y destrucción, de una campaña lanzada con la consigna –bien poco elevada por cierto– de someter a sus adversarios mediante los bombardeos a una paralizante combinación de «conmoción y espanto».

Sucede que gran parte del efecto de estas acciones militares (que se pretendían fulminantes) nace de la oscuridad con que se procesan los hechos, del secreto que rodea todas las acciones militares.

Cuando la presencia de los periodistas disipa la niebla (tan propicia para los gorilas), cuando la verdad se abre paso a los vastos auditorios, entonces la función de esos periodistas se vuelve un obstáculo.

No es otra cosa lo que acaba de suceder con el bombardeo del Hotel Palestina, en la mortificada ciudad de Bagdad.

La complejidad de la situación actual ha llevado, también en este terreno del manejo mediático de las situaciones, a que ciertos cálculos realizados por los elencos del poder imperial se revelaran profundamente equivocados.

La campaña militar no fue la del cortejo de los vencedores acercándose a la corona de laureles que premiarían su fuerza y su valentía.

La resistencia de los iraquíes, que no había sido prevista por los mandos norteamericanos, cambió el libreto sobre el que se construiría la gran operación mediática de «liberación de un pueblo oprimido por una dictadura».

Los casi dos mil periodistas destacados en la región se encontraron con una realidad dolorosa y sangrienta: las víctimas civiles, las vidas arrancadas por efecto de los «daños colaterales», la gigantesca falsificación de la fórmula de atacar a las ciudades con «operaciones quirúrgicas». Y a hablar de eso se dedicaron buena parte de los profesionales de la información.

A la vez, vale la pena retener el proceso de sofisticación tecnológica que ha venido desarrollándose en el campo de las comunicaciones: el extraordinario mejoramiento de los equipos de trasmisión de voces e imágenes que ha permitido trasmitir «en vivo» desde los escenarios más remotos y tradicionalmente más inaccesibles.

Finalmente hay otro campo en el que se equivocaron fiero los amos de la guerra: en los últimos años se ha venido procesando un vertiginoso fortalecimiento de la ciudadanía global.

Esta irrupción de una nueva opinión pública internacional se ha fortalecido en el rechazo a la guerra, en el repudio de la utilización de la fuerza y en la condena a los regímenes autoritarios.

Quizá por primera vez en la historia de la humanidad, la bicentenaria bandera de los vecinos de Buenos Aires en 1810, rodeando al Cabildo se hizo extensiva a buena parte de los habitantes del planeta: «el pueblo quiere saber de qué se trata».

Y para decirle a millones de personas en todo el mundo, a la nueva ciudadanía planetaria, de qué se trata, dos mil periodistas vienen derrochando coraje e ingenio para informar, para saciar la sed de verdad, de testimonios sinceros acerca de lo que se trata.

Esas verdades no son amables para los agresores. Desmienten los datos usados por los gobiernos agresores como pretexto para invadir.

Nada de lo que se exhibía como razones para atacar se ha demostrado como mínimamente aproximado a la realidad: las tropas no fueron recibidas como portadores de la libertad sino de la violencia, de las bombas, los misiles, los tanques y los helicópteros.

Las armas de destrucción masiva no se han utilizado ni nadie las ha mostrado. Como tampoco ha surgido la más mínima evidencia de los vínculos entre el gobierno de Saddam y los terroristas de Al Qaeda.

Para los mandos de los ejércitos agresores, los periodistas son un obstáculo en el éxito no de su campaña militar sino de sus objetivos políticos. De ahí la insólita hostilidad que esos ejércitos despliegan contra ellos. *

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