El luterano
Con la inversión extranjera en el Uruguay pasa lo contrario que con las ideas, al menos según lo que para estas postulaba Schiller: una idea aislada quizás sea insignificante, aventurada y hasta absurda, pero combinada con otras, de forma correcta, puede convertirse en una frase feliz.
El gobierno ha venido repitiendo, en un fatigoso discurso, que la economía sólo se salvará si desde el exterior llega capital suficiente. Ah, qué bien. Pero, mientras repica el sonsonete, a cada paso nos caen encima ejemplos perversos, absolutamente destructivos, de la acción de ciertos inversores que han aterrizado aquí. El último caso es el de Funsa, cuyos obreros, mientras tratan de diseñar una salida propia para la cerrada fábrica, acampan a sus afueras para que nadie se lleve lo poco que ha ido quedando.
Conjeturo que el problema está precisamente en no combinar algunas cosas. ¿De qué sirve una inversión si no se ajusta a un plan general de desarrollo? ¿Qué control puede ejercer sobre ella el gobierno si sólo piensa en darle facilidades para que no se vaya a otra parte? Lo que se ha alimentado hasta ahora, con honrosas excepciones, es una simple y a veces grotesca especulación, a cuyo final queda el camino sembrado de deudas impagas, quiebras fraudulentas, desempleo creciente y otros enormes agujeros negros.
Si uno sale a la esquina, provisto de un estridente megáfono, y se limita a rogar a los cuatro vientos que le arrimen algún mango, sin reglas claras ni vigilancia estricta, es posible que caiga en brazos de unos aventureros o de unos oportunistas. ¿Y el pobre país? Día a día peor. Entonces ¿de qué sirve la inversión extranjera en tales condiciones?
Este comportamiento del gobierno –el adjetivo más piadoso para calificarlo es débil– me recuerda aquello que, según John Updike, se dice en Estados Unidos de los luteranos: tienen un «sentido constipado de la condición humana».
Los norteamericanos creen que un luterano es intrascendente para la transgresión. Ante cualquier problema sólo reza con fe y va por otra cerveza. *
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