Otra guerra sin justificación

El mundo estuvo expectante por el discurso que el presidente norteamericano George W. Bush pronunció el pasado martes ante el Parlamento de su país. Fue una pieza claramente propagandística destinada al consumo del pueblo de EEUU, cuyo objetivo principal fue movilizar las fibras del patriotismo y, de alguna manera, modificar la creciente oposición de la gente cuya opinión es crecientemente contraria a la guerra con Irak.

Sin embargo ese discurso mostró de manera desembozada, cómo Bush, apuntalado por «los halcones» , o sea la derecha ultramontana norteamericana, está dispuesto a lanzar a sus tropas contra un pueblo, que dada la magnitud de la desigualdad del armamento, sólo podrá contar víctimas propias. Y además contra un dictador, como Saddam Hussein, un siniestro personaje en cuya construcción tuvo un papel fundamental la CIA.

Bush, con su tedioso discurso, no provocó ninguna sorpresa. Era lo que se esperaba, un verdadero globo sonda para conocer las reacciones del pueblo de su país y además de quienes fueron sus aliados en la desigual batalla contra los talibanes afganos. Sin embargo, como tras todas estas fanfarrias de guerra está el petróleo, han aparecido intereses encontrados, especialmente lo que expresan Francia y Alemania. A estos países europeos al parecer les conviene que el petróleo siga en manos de Irak y no pase, como quieren «los halcones» , a ser administrado por las grandes compañías norteamericanas.

Los más agudos analistas tienen claro, y lo expresan, que es muy difícil detener el conflicto armado. EEUU ya ha desplegado sus tropas en lugares estratégicos, rodeando al territorio iraquí, para que la defensa que pueda oponer Hussein y su guarda pretoriana sea más que breve, logrando así el mismo objetivo establecido en la batalla de Afganistan: que no haya bajas norteamericanas, hecho sobre el que está más que sensibilizado el pueblo de EEUU.

La consecuencia de la inminente guerra será trágica para el pueblo iraquí, pero además mostrará cómo se puede desencadenar una agresión masiva solamente para que EEUU, en este mundo globalizado e infeliz, consolide un poderío imperial. Porque, no nos engañemos, pese a la imperturbable cara de Hussein, es evidente que Irak no está en condiciones de resistir mucho tiempo una agresión masiva del ejército más poderoso del mundo. Por otra parte, aparece también como claro, que en Irak no existen armas de destrucción masiva, tal como han ido comprobando los inspectores enviados por Naciones Unidas.

Bush aseguró que EEUU presentará «pruebas» de que Hussein miente, para que se habilite a Estados Unidos el inicio de la batalla. Sería correcto que esas «pruebas» sean corroboradas fehacientemente por los mismos inspectores que todavía no han encontrado nada, para que todo no se convierta en otro de los peores juegos de la «inteligencia».

Es menester de todos evitar más derramamiento de sangre, especialmente de civiles inocentes, que morirán apiñados en la ciudades sin poder sortear la sofisticación de punta con la que hoy se construyen las armas de última generación. Las tropas iraquíes, todos sabemos, no resistirán muchos días y la suerte de Hussein y su gobierno parecería que ya está sellada. Es evidente que «los halcones» quieren manejar el petróleo de esa región del mundo y tras ese objetivo están dispuestos a poner en marcha la maquinaría de guerra más poderosa.

Sin embargo, desde el punto de vista ético, habrá una nueva debacle en la nación que afirma ser un paradigma de la democracia, en contradicción con la principal aspiración de su gobierno, de ser el imperio gobernante y hegemónico en este mundo globalizado. No es aceptable que se lleve a cabo una matanza de proporciones enormes, sin que comience a resquebrajarse el basamento mismo de una sociedad en la que se derrumbarán todos los elementos éticos y morales que la sostienen.

Bush podrá triunfar en pocas horas de combate ante las tropas iraquíes, sin embargo no podrá justificar nunca, ante la historia, lo que aparece como una agresión cuya justificación está muy lejos de concretarse. *

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