Haciendo magia
Escuchando a Pedro Bordaberry recordé a un personaje español retratado agudamente por Manuel Vicent. Ya le cuento, lector.
El ministro de Turismo, al hablar del inicio de la temporada, postuló, con una soltura que me resultó curiosa, en que «no viene del todo bien pero tampoco tan mal». E insistió en las ya clásicas apelaciones al clima, a los peajes, a las viviendas o posadas que quitan clientes a los hoteles, a la oferta de entretenimientos, a las promociones que todavía se piensa lanzar, etcétera.
Según entendí, la diferencia depende de qué lugar se hable y de cómo se hayan hecho las cosas allí: en La Pedrera bien, en La Paloma mal, en las termas fenómeno y en la costa de Canelones fatal. En fin, como siempre, hay que esperar.
Vicent halló en Madrid a un adivinador al que describió así: «Su gama de pronósticos va desde la guerra nuclear hasta un problema de vesícula, de modo que una marquesa llega para escrutar el porvenir de una testamentaria y sale con el diagnóstico de un cálculo de riñón; un embajador acude por un asunto de desfalco y el mago le mira el iris y le adivina las hemorroides. Es un poco raro todo esto».
Sí, es un poco raro todo esto.
¿Por qué las cosas son diferentes en los países donde el turismo es una actividad seria? Bueno, no existen la improvisación ni la arbitrariedad, ni se confunde una política de Estado con la bola de cristal. Hay un plan central, convenido entre el gobierno y los operadores privados, que reconoce y potencia los matices y del que derivan la congruencia de los precios, la variedad y estabilidad de las ofertas, la calidad de los servicios y, sobre todo, la ausencia de sorpresas desagradables para quienes llegan a dejar su dinero y queremos que regresen.
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