Oposición a la guerra
La administración norteamericana presidida por George W. Bush sigue su marcha autista hacia la guerra en Irak. Son de la partida las tropas británicas, australianas y con el apoyo de algunos gobiernos incondicionales del cercano oriente. Hasta aquí las noticias no hacen sino repetir las penosas rutinas de los que disponen de la fuerza, las rutinarias expresiones de la fuerza bruta, no sujeta a ninguna ley que no sea la de sus intereses y sus ambiciones.
Lo interesante de esta campaña de preparación del enfrentamiento armado es la anticipada oposición que rápidamente se ha venido expresando tanto en el terreno diplomático como en las expresiones de protesta dentro de los Estados Unidos.
Se trata de un fenómeno de gran interés pues pese a los esfuerzos por controlar la información y la atmósfera de exaltación nacionalista alentada por los republicanos, una encuesta de opinión publicada en estos días da cuenta que un 70% de los estadounidenses no está de acuerdo en iniciar la guerra sin la anuencia de las Naciones Unidas.
Asimismo se da cuenta que los gobiernos de 42 ciudades norteamericanas se pronunciaron contra la guerra, entre ellos los de Chicago, Detroit, Seattle, Baltimore y Filadelfia.
Algunos observadores llamaron la atención sobre las declaraciones del martes del líder demócrata Edward Kennedy, quien hace unas semanas había dado su enfático apoyo a Bush. Kennedy calificó el propósito de Bush como «una guerra equivocada en el momento equivocado».
Como señala un corresponsal del matutino La Jornada de México: «Por todas partes del país grupos de manifestantes organizan actos de protesta, vigilias, foros y otras actividades. Frente a la Casa Blanca una agrupación de mujeres mantiene una vigilia por la paz, y en otras partes del país una amplia diversidad de personas y agrupaciones se expresan contra una guerra –desde veteranos, a familias militares, ancianos, empresarios, religiosos, artistas, académicos, grupos de derechos civiles, y estudiantes, claro.
La campaña parece acercarse a su tramo final. Pero esta «recta final» está minada por indicios de una creciente insistencia en Estados Unidos en favor de brindar más oportunidades al proceso de negociación del conflicto por medio de la ONU, incluso en las propias filas castrenses. La revista Time reportó esta semana que uno de cada tres oficiales militares estadounidenses «cuestiona la sabiduría de una guerra preventiva contra Irak.
En este contexto, el frente diplomático entonces tiende a volverse un factor fundamental para la conquista de la opinión interna en el seno de la propia población norteamericana.
En este terreno los hechos también se han desarrollado con rapidez. El martes una declaración conjunta de los gobiernos de Francia y Alemania reiteró su oposición a la declaración de la guerra de manera unilateral por parte de los Estados. El presidente de la República francés adelantó que, en el Consejo de Seguridad, su representante vetará el apoyo a una acción de este tipo realizada antes de la culminación de la inspección que realizan funcionarios internacionales sobre la disponibilidad de armas del régimen de Bagdad.
Desde el punto de vista latinoamericano, los indicios bélicos en el Cercano Oriente no pueden ser más inquietantes.
Los primeros efectos de la guerra habrá inevitablemente de caer sobre las erosionadas economías de nuestros países, que sentirán el impacto del reflujo de las inversiones y el comercio, del aumento de la inseguridad, de los precios del petróleo y del proteccionismo que acompaña a las crisis internacionales de este tipo.
De ahí la importancia, para el gobierno y en cierto sentido también para la oposición, de asumir actitudes independientes, expresión de nuestra propia soberanía y de las posiciones históricas del país a favor de la paz y de la resolución pacífica de los diferendos. *
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