El FMI y la ética de una realidad

Varias fuentes consultadas en torno al tenor de las reuniones que está manteniendo desde hace más de una semana el equipo económico de gobierno con la Misión del Fondo Monetario Internacional (FMI), analizando las cuentas uruguayas, coinciden en que es ostensible la «desconfianza» de los técnicos internacionales con respecto a los números presentados por nuestro gobierno.

¿Por qué esa actitud? Obviamente, la errática conducta económica del gobierno ha determinado que la desconfianza no sólo sea el denominador común que signa la conducta de los uruguayos quienes, por ello, mantienen más de mil millones de dólares en «conchones» y cajas de seguridad, sino también de técnicos de ese organismo que han visto cómo los cuantiosos recursos otorgados por el mismo se han «evaporado» y Uruguay se encuentra técnicamente al borde del default.

Que alguien pretenda otra conducta es no leer lo que ocurre en esta trágica realidad uruguaya, donde los caminos erráticos han estado al orden del día. La irresponsabilidad del gobierno ha sido el denominador de cada una de las acciones que se adoptaron durante el reinado del ministro Alberto Bensión y ahora, bajo el timón de Alejandro Atchugarry, teniendo en cuenta sus virtudes personales, especialmente su pragmatismo y su capacidad para la comunicación política, la percepción de ese manejo no se ha modificado de manera significativa.

Por ello no sorprende la tirantez que existe entre el FMI y nuestro gobierno, situación que podría culminar, de no lograrse un acuerdo, con otra negociación también dificil: se deberá acordar la reestructuración del pago de los vencimientos de la deuda externa.

La situación es más que complicada, porque el país continúa sin crédito. De nada valen las emisiones de bonos en carácter de «prueba» que realiza el Banco Central. Los papeles de un país al borde de la cesación de pagos no son para nada atractivos y nadie quiere arriesgar su capital de inversión o sus ahorros ante el ofrecimiento de utópicas ganancias.

Tampoco es un buen signo lo que está ocurriendo en el sector industrial, cuya actividad sigue deteriorándose pese a que en nutridas reuniones se converse de supuestas cuando no pretéritas reducciones impositivas. Acciones sobre las que se habla y se proyecta pero que la realidad contradice a cada vuelta de esquina. De acuerdo a las estimaciones técnicas, en el mes de octubre del año pasado las exportaciones industriales aumentaron un 14 por ciento en comparación con las del mismo mes del año anterior, mientras que, paralelamente, se registró una caída de las compras del mercado interno, que llegaron al 15 por ciento.

Sabiendo que el 80 por ciento o más de la producción industrial se comercializa dentro de fronteras, podemos comprender que pese a ese incremento de las exportaciones, la situación de la industria es peor. Ahora a ello le deberemos sumar la nueva contracción de la economía que planifica el gobierno, manteniendo el atraso salarial y achicando aún más los rubros de gastos e inversiones del Estado.

No se ha pensado en ningún mecanismo destinado a reactivar la economía y las cifras que se manejan en el Ministerio de Economía y el Banco Central para convencer a los organismos internacionales de crédito. No las creen ni siquiera los funcionarios que llegaron al país dispuestos a escuchar los cantos de sirena que realiza el equipo económico, que en lugar de darles un baño de realidad prefiere envolverlos en realidades ficticias.

Es de esperar que nuestras prevenciones sobre el futuro uruguayo no se cumplan y, en defintiva, el FMI libere los 380 millones de dólares que aún retiene y que la estrategia del gobierno determine el comienzo de la necesaria reactivación sin la cual el país tendrá un futuro nada recomendable.

Sin embargo, los síntomas de la enfermedad no muestran que el mal sea benigno, y menos que el tratamiento elegido por el gobierno sea el correcto. El enfermo cada vez está peor y, lamentablemente, los uruguayos estamos cada día más desanimados, asistiendo a un proceso de marginación social que es, desde el punto de vista ético, absolutamente inaceptable. *

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